Ecos de una posesión, tres años después
"... pero hay que decir qué fue lo que encontramos: una ciudad en una profunda crisis de gobernabilidad, con ausencia de liderazgo para resolver los problemas estructurales, una ciudad sin autoridad, una pérdida de legitimidad de las instituciones públicas, ciudadanos inactivos en la toma de decisiones de la gestión pública local y el uso de los recursos, ausencia de gestión compartida entre el sector público y el privado, un gobierno nacional que no confía en la capacidad de gestión del gobierno local. Una ciudad consumida en la desesperanza y en el no futuro, con una calidad de vida deteriorada..."
El autor de este apocalíptico discurso que no sabría uno si era una radiografía del estado de la cosas o un presagio de lo que vendría, era el entonces recién posesionado alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo.
Hoy, tres años después, vale la pena deshojar la margarita.
La crisis de gobernabilidad de la que hablaba en 2015 el señor Alcalde parece no haber corregido su rumbo. Un mandatario cuestionado, imputado ante la Fiscalía por delitos contra la administración pública que encara con actitud hostil a todo aquel que se atreve a controvertirlo o cuestionarle y que ha ejercido su tarea sin vigilancia seria de organismos de control.
Evidentemente la ausencia de liderazgo para resolver los problemas estructurales sigue igual que antes.
La inseguridad campea, el desempleo ha regresado a sus niveles más alarmantes, el desarrollo de la ciudad se quedó en pausa y los indicadores de desigualdad y pobreza crecen. Más allá de las nominaciones a galardones nacionales.
Las instituciones públicas no levantan cabeza cuando de hablar de credibilidad se trata. La imagen de la administración se enloda con actos cuestionables desde la moral pública y politiqueros como la reciente aprobación de una planta de personal que en la relación número de trabajadores/salarios, le costará a la ciudad más de lo que la cuestionada nómina de contratistas del Gobierno anterior.
Hoy el Alcalde de la ciudad figura en encuestas nacionales entre los cinco peor calificados, mientras el Concejo de la ciudad que debería ejercer una tarea seria de control político, negocia la aprobación de acuerdos a espaldas de los ciudadanos, sin velar por sus intereses.
Ahora 16 de 19 concejales sancionados por la Procuraduría son la mejor prueba de la crisis de Gobernabilidad y credibilidad en las instituciones que en los dos primeros años de Jaramillo, también afectó las figuras del Personero y Contralor Municipal nombrados en encargo, para conveniencia del mandatario local, ante los errores en la designación de sus titulares.
La participación de los ciudadanos en la conducción de los destinos de la ciudad es otra falacia que ha querido disfrazar el Doctor Jaramillo.
Los Consejos Comunales de Planeación son estamentos sin ninguna operatividad que se constituyen nada más que para cumplir un requisito, sin posibilidad alguna de ejecutar presupuestos participativos.
Al margen de estos mecanismos hay que recordar que antes de que el carácter del Gobernador Barreto zucumbiera a la conveniencia política, la mezquindad del doctor Jaramillo impidió la ejecución de inversiones del Departamento en obras de gran envergadura.
El clamor de los ciudadanos es ignorado ante el despiadado incremento de impuestos, porque es costumbre que los Ibaguereños "chillemos por todo"
Quizás como nunca antes en los últimos tres períodos de Gobierno, la distancia entre el empresariado y la administración ha estado tan marcada como ahora.
Un manejo nada diplomático en las relaciones que frustraron cualquier intención de articulación entre el sector público y privado.
Y aunque el Alcalde de los Ibaguereños busca responsabilizar a unos y otros de su inadecuada forma de administrar, los hechos que pesan más que las palabras, han llevado a que el Gobierno nacional desconfíe de su capacidad de gestión y como en el caso de los Juegos Deportivos Nacionales hayan exigido la devolución de los recursos que quedaron en caja.
Con un panorama semejante, es utópico pensar que la ciudad hoy ya no se consume en la desesperanza y en el no futuro, que también preocupaban a Guillermo Alfonso Jaramillo en el día uno de su administración.
La calidad de vida de los Ibaguereños tampoco es mejor hoy porque el ornato, la pintura y la decoración hagan lucir distintos los espacios públicos, si en lo elemental, en lo que el mismo Jaramillo trazó como objetivo para cuatro años no se avanza.
No habrá mejores condiciones si comerciantes y empresarios deben cerrar las puertas de sus establecimientos, si los ciudadanos carecen de oportunidades de empleo que en cambio se otorgan a foráneos, desconociendo el talento humano local; si se frena la industria de la construcción con decretos dictatoriales, si la deuda pública va en aumento o si se asfixia a la clase media con impuestos, entre otras, para sostener burocracia.
Me congratulo con varias familias para las que antes del colector El Sillón las condiciones de habitabilidad de sus hogares era un verdadero dolor de cabeza, al igual que con los usuarios de bicicleta que cuentan con una moderna ciclo ruta en el aeropuerto, incluso con algunas ligas deportivas a las que se les anunció el inicio en la construcción de escenarios, que hasta ahora son justo eso: anuncios, pero no puedo ser mucho más optimista respecto al devenir en este último año de Gobierno.
Solo se le puede desear suerte al Doctor Jaramillo para que intente corregir el rumbo y maniobrar con éxito hasta entregar el barco en puerto y no en medio de la nada y a la ciudad prepararse para evaluar con responsabilidad las hojas de vida y antecedentes a la hora de elegir a quién se confía la responsabilidad de conducir nuestros destinos.
Para los que miran por el retrovisor, en ningún caso Ibagué merece repetir los errores presentes ni los pasados.
Falta un año y seguimos contando, días o resultados.