Economía circular ¿reparación real o maquillaje de un modelo depredador e insostenible?
La realización de la Cumbre Glocal de Economía Circular en Ibagué merece reconocimiento. No es menor que la ciudad haya sido escenario de una conversación global sobre sostenibilidad, ni que haya alcanzado un 95,5% de cumplimiento en el estándar Global Zero Waste. Este tipo de eventos visibilizan y posicionan el territorio, impulsan la actividad económica y reflejan un compromiso institucional por avanzar hacia modelos más responsables. Pero valorar este logro no puede impedir una reflexión más profunda, incómoda y necesaria sobre la realidad mundial.
Porque la pregunta de fondo sigue intacta: ¿la economía circular está transformando el modelo de desarrollo o se está convirtiendo en una narrativa conveniente para justificarlo?
El ser humano, considerado la especie más inteligente del planeta, ha demostrado una capacidad sistemática para alterar y degradar los ecosistemas que sostienen su propia existencia. La evidencia es contundente, según el IPBES, cerca de un millón de especies están en riesgo de extinción, en su mayoría por causas asociadas a la actividad humana. La tasa actual de desaparición es hasta mil veces superior a la natural. No es una crisis ambiental, es una crisis provocada por la peor plaga depredadora. La especie humana.
El cambio climático, con aumentos de temperatura cercanos a 1,2 °C frente a niveles preindustriales (IPCC), la deforestación acelerada y la presión sobre las fuentes hídricas son consecuencias directas de un modelo económico basado en la extracción, el consumo y el descarte. Un modelo lineal que ha operado bajo la lógica de crecimiento ilimitado en un planeta que claramente tiene límites.
Pero más allá de las cifras globales, el problema se refleja en decisiones concretas que han alterado profundamente los equilibrios naturales, especialmente a través de la introducción de especies invasoras. En Europa y Estados Unidos, el jabalí que fue introducido proveniente de Africa, se ha convertido en una plaga con impactos económicos y ecológicos considerables. En Colombia, los hipopótamos del Magdalena Medio han modificado ecosistemas acuáticos generando riesgos ambientales, mientras que el pez basa (Pangasius hypophthalmus), un bagre asiático introducido con fines productivos hoy es considerado una especie invasora cuya cría está prohibida, pero que ya impacta la cuenca del río Magdalena, donde pescadores como los de Honda, lo capturan en plena subienda. A esto se suman otros fenómenos ambientales como la expansión del retamo espinoso (Ulex europaeus) un arbusto invasor de origen europeo, considerado una de las 100 especies exóticas y agresivas del mundo en ecosistemas de alta montaña, incluyendo zonas del Parque Nacional Natural Los Nevados, donde compite con especies fundamentales como el frailejón, clave en la regulación hídrica. En todos los casos, el patrón es el mismo, decisiones humanas muy mal planificadas que terminan generando impactos ecológicos negativos de largo plazo.
En este contexto, la economía circular surge como respuesta. Pero es necesario entender su verdadera dimensión. No es una solución estructural al problema, sino un mecanismo de mitigación. Busca cerrar ciclos productivos, reducir residuos y optimizar recursos, pero no cuestiona de fondo el paradigma de crecimiento que ha llevado al planeta a su actual estado de desequilibrio.
El problema no es solo cómo producimos, sino cuánto producimos, para qué y para quien. Hoy el planeta alberga más de 8 mil millones de personas, mientras que, según la Global Footprint Network, la humanidad consume el equivalente a 1,7 planetas al año. Es decir, estamos agotando los recursos más rápido de lo que la Tierra puede regenerarlos.
En ese escenario, la economía circular puede terminar siendo una respuesta técnicamente correcta, pero conceptualmente insuficiente. Existe el riesgo de que se convierta en una especie de “disculpa sofisticada” que permite seguir creciendo bajo una lógica de sostenibilidad aparente.
Llevando la discusión al plano local, la pregunta es inevitable: ¿Colombia, están aplicando realmente la economía circular como modelo estructural o simplemente como un conjunto de buenas prácticas?
Porque una cosa es tener un evento cero residuos (lo cual es valioso y ejemplar) y otra muy distinta es transformar las cadenas productivas. ¿Se están integrando los residuos del café o el arroz en procesos productivos? ¿La agroindustria está operando bajo esquemas circulares? ¿Existe una planificación territorial que conecte sectores y reduzca desperdicios?
La respuesta, siendo realistas, es parcial. Persisten dinámicas lineales, fragmentación institucional y baja articulación productiva. La economía circular aún no es un modelo consolidado, es una aspiración.
La Cumbre Glocal deja una señal positiva, hay conciencia, hay discurso y hay intención. Pero también deja una responsabilidad enorme. La economía circular no puede convertirse en una cortina de humo que oculte los profundos desequilibrios generados por el ser humano.
Porque el problema no es solo la basura. El problema es el modelo. Y mientras ese modelo siga basado en la extracción ilimitada, el consumo desmedido y la ilusión de crecimiento infinito, cualquier intento de corrección será, en el mejor de los casos, apenas un paliativo. La economía circular puede ser parte de la solución, sí, pero solo si deja de ser un discurso cómodo y se convierte en una decisión estructural.
De lo contrario, no estaremos transformando el sistema; estaremos perfeccionando la manera de sostener el mismo modelo que nos está llevando al colapso.