El ambientalismo electoral
Esta semana vi la marcha-carnaval en Ibagué. Y lo digo con cariño, porque conozco a mucha gente buena que salió con convicción genuina. Pero también vi carteles bonitos, arengas más políticas que ambientales, políticos mojando cámara y, para rematar, un candidato presidencial que encontró en la Plaza Murillo Toro mejor tarima que en cualquier escenario de campaña. El mismo que lleva semanas diciéndonos que si no votamos por él se acaba el agua, la vida y el ambiente. Poderoso el discurso. Lástima que no haya encontrado un minuto para preguntarle al gobierno que representa por qué bajo su guardia se destruyeron 232 hectáreas de bosque en el Tolima, por qué los ríos Saldaña y Amoyá tienen piscinas de mercurio, y por qué Colombia llegó a 262.000 hectáreas de coca mientras él aplaudía la paz total desde Bogotá.
Porque los números no mienten. Solo en Ataco, Cortolima documentó 232 hectáreas arrasadas por minería ilegal: 325 canchas de fútbol convertidas en cráteres. Desde 2024, cerca de 5.000 personas llegaron al sur del Tolima con retroexcavadoras, mercurio y cianuro, desplazando a campesinos que vivían del café, el cacao y la ganadería, con el Frente Ismael Ruiz de las disidencias de las FARC cobrado vacuna en cada orilla. ¿Las marchas contra eso? Silencio.
Y hay más. El gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, denunció que este gobierno entregó a una empresa china 9.832 hectáreas en Buriticá, Giraldo y Cañasgordas, dejando a los mineros locales sin áreas para formalizar su actividad. Diez veces más de lo que tiene Mineros S.A. El mismo gobierno que habla de los pobres y del cambio, negociando el subsuelo colombiano con capitales chinos mientras le cierra la puerta al minero que nació ahí. Eso no es cambio. Eso es hipocresía con subtítulos en mandarín.
Y si hablamos de ambiente, hablamos también de las 253.000 hectáreas de coca que registró la ONU en 2023, con proyección de 262.000 en 2024. El 67% de toda la coca del planeta, aquí. Cada hectárea es una selva arrasada, un río contaminado, una comunidad desplazada. La peor política ambiental de este gobierno no fue un decreto: fue la paz total que le dio oxígeno a quienes siembran coca y manejan retroexcavadoras.
Dicho esto, y para que no me digan que solo critico: si me invitan a marchar contra la minería ilegal del sur del Tolima, ahí estaré. Si convocan un plantón contra la concesión china en Buriticá, cuenten conmigo. Si organizan una protesta contra las 262.000 hectáreas de coca, me apunto. Incluso llevo pintura y brocha para ir a pintar la casa de Timochenko y Sandra Ramírez, que prometieron paz y hoy son senadores.
Pero dejen de usar el agua, la vida y el ambiente para promover un gobierno que no le importó ninguna de las tres. Marchar está bien. Marchar con la misma bandera que usaron para llegar al poder, mientras se perdonan todos los daños que causaron, no es ambientalismo.
Es campaña disfrazada de consciencia.
Y eso, con todo el respeto del mundo, huele peor que el mercurio en el Saldaña.