Colombia en el espejo de la polarización
La campaña presidencial que vive hoy el país ha reducido el debate nacional a una elección entre dos extremos cada vez más distantes. Esa es una realidad que no es nueva, sino que ha evolucionado con el paso de los años. Durante décadas, Colombia ha estado marcada por profundas divisiones políticas, ideológicas y sociales y, lo que es peor, en los últimos años esas diferencias han alcanzado niveles preocupantes.
Las redes sociales han amplificado los discursos más radicales, mientras que los algoritmos y la desinformación han encerrado a las personas en burbujas de fanatismo e información exprés. A su vez, los líderes políticos han encontrado más rentable movilizar el miedo a través de esas plataformas que construir consensos, y ello además de ser completamente equivocado, contribuye a generar mayor tensión entre los ciudadanos.
Desafortunadamente, más que una discusión sobre propuestas, programas de gobierno o soluciones concretas para los problemas del país, la contienda entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda de cara a la segunda vuelta presidencial ha terminado convirtiéndose en una disputa ideológica y emocional en la que pareciera que la inmensa mayoría de los ciudadanos busca votar más por miedo y rechazo al contrario que por convicción hacia su propio candidato.
Abelardo, al igual que Cepeda, representa una visión profundamente distinta de país de su oponente, y este último carga además con el lastre de ser el elegido por el presidente saliente, Gustavo Petro para sucederlo. Si bien ambos aspirantes despiertan entusiasmo entre sus seguidores y rechazo entre sus contradictores, el problema aparece cuando el adversario deja de ser visto como un competidor político y pasa a ser considerado un enemigo al que hay que derrotar a cualquier costo. “Destripar”, lo dijo equivocadamente el candidato De la Espriella hace un tiempo.
Y es justamente en medio de esa dinámica que el país corre el riesgo de perder de vista los asuntos verdaderamente importantes: la inseguridad, el desempleo, la educación, la salud, la crisis fiscal y el desarrollo regional. Todo ello queda relegado por una discusión permanente cargada de agravios, insultos, descalificaciones y acusaciones mutuas en un país cada vez más polarizado.
Hay que decir que la responsabilidad de esa polarización y de ese tenso ambiente electoral no recae únicamente sobre los candidatos, aunque sí una buena parte de ella. Algunos medios de comunicación han tomado partido y han contribuido a generar una mayor división, incluso replicando información falsa proveniente de los sectores más radicales, pero también lo han hecho el presidente Petro, varios de sus ministros y embajadores, así como el gerente del sistema de medios públicos. Todos ellos han intervenido abiertamente en política a favor de Cepeda y, lo que es peor, han contribuido a despertar un mayor sentimiento de oposición y malestar entre amplios sectores de la ciudadanía.
Las próximas semanas serán decisivas, aunque, a mi modo de ver, pareciera que los resultados finales no cambiarán frente a lo ocurrido el pasado 31 de mayo. El verdadero reto estará en lo que venga después: en la capacidad del país para convivir en medio de la diferencia, pues ninguno de los dos candidatos representa la totalidad de los colombianos, y quien resulte elegido tendrá que gobernar tanto para quienes votaron por él como para quienes no lo hicieron.
Colombia seguirá necesitando puentes donde hoy abundan los muros. Y esa tarea nos corresponde a todos, pero especialmente a quien gane la elección, pues deberá asumir no solo el liderazgo político del país, sino también el deber constitucional de representar la unidad de la Nación. Esa fue una responsabilidad que, para muchos colombianos, el presidente Petro nunca logró ejercer plenamente, y es esa justamente una de las cosas que los colombianos parecieron haberle cobrado a quien busca heredar sus banderas.