Tierra sin industria: el futuro de la reforma agraria
La semana pasada les conté que la reforma agraria iba a medias. Esta semana quiero contarles por qué va mal orientada. Y para eso, en vez de mirar hacia adentro, miremos hacia afuera. Porque el mundo ya hizo este experimento antes, y los resultados están a la vista.
Corea del Sur en 1950 era un país devastado por la guerra, con un PIB per cápita de apenas 100 dólares. En cifras, más pobre que Colombia. Más destruido que cualquier rincón de nuestro país. Hicieron una reforma agraria profunda: expropiaron los latifundios y dividieron la tierra en pequeñas parcelas. Hasta ahí suena parecido a lo que propone el gobierno Petro. Pero lo que vino después es lo que nadie cuenta en los discursos de tarima.
Corea del Sur aplicó un modelo de industrialización con una fuerte intervención del Estado que dirigió el proceso con mano de hierro. No repartieron tierra y se fueron a casa. El sector agrícola funcionó como trampolín hacia la industrialización, y el gran éxito de la modernización surcoreana se relaciona fundamentalmente con lo que hicieron después de la tierra. En una sola generación pasaron de campesinos con parcelas a obreros industriales capacitados que construyeron el milagro económico más estudiado del siglo XX. El PIB per cápita pasó de 100 dólares en 1963 a casi 9.800 dólares en 2002.
¿Y cuál fue la clave? Que la tierra fue el punto de partida, no el punto de llegada.
Ahora miremos Colombia 2026. La Contraloría ya denunció irregularidades en la destinación de predios comprados por la ANT, incluyendo entregas provisionales sin acto administrativo que las justificara. Y hay denuncias de tierras entregadas que están siendo arrendadas o subutilizadas por sus nuevos beneficiarios. Y no lo digo yo, Omar Julián Valdés, para que no me quemen la casa. Lo dicen los mismos organismos de control del Estado. No se trata de satanizar a los campesinos. El problema es más simple y más triste: recibir una hectárea sin carretera, sin crédito, sin asistencia técnica y sin mercado donde vender no es una oportunidad. Es una condena con mejor dirección.
Y mientras eso pasa aquí, Brasil está produciendo el mismo café arábica que sale de nuestras montañas tolimenses. El precio internacional hoy ronda los 2.67 dólares por libra, y Brasil lo mete al mercado por debajo del dólar gracias a décadas de industrialización, mecanización y tecnificación. El cafetero colombiano, con toda su terquedad y su amor por el cultivo, no baja de 2.20 dólares de costo por libra. El margen es tan estrecho que cualquier lluvia fuera de temporada o cualquier caída del precio internacional lo manda a pérdida.
¿La diferencia entre Brasil y Colombia? No es el café. Es lo que hay detrás del café.
Brasil procesa, empaca, tuesta y exporta con marca propia. Colombia sigue mandando el grano verde para que alguien en Europa o en Estados Unidos le ponga un nombre bonito en inglés, lo venda diez veces más caro en una cafetería de diseño y se quede con la utilidad que debería quedarse aquí, en los bolsillos de los campesinos Tolimenses.
Esa es la reforma que falta. No la de los títulos de propiedad, que sí son necesarios, sino la de la transformación productiva. Infraestructura de secado y almacenamiento. Procesamiento en origen. Crédito real y accesible. Asistencia técnica que llegue a la vereda, no al auditorio. Mercados donde el productor venda con dignidad. Y, sobre todo, una política seria de valor agregado que convierta nuestro café, nuestro arroz, nuestro aguacate y nuestra panela en productos terminados con identidad tolimense y precio justo.
Y créame que, si se dan esas garantías, los jóvenes que hoy le huyen al campo van a encontrar en lo rural lo que ahora buscan en la ciudad: futuro, dinero y dignidad.
Porque el problema de Colombia no es que falte tierra. Es que sobra discurso y falta industria.