Pasar al contenido principal
Econoticias y Eventos
Opinión
COMPARTIR
Se ha copiado el vínculo

Colombia en medio de una democracia cansada, candidaturas vacías y ciudadanos resignados

Entre candidaturas vacías y ciudadanos resignados, la política dejó de ser construcción colectiva para convertirse en espectáculo de bandos enfrentados.
Imagen
Personas
Crédito
Ecos del Combeima
Profile picture for user Alejandro Rozo
8 Feb 2026 - 9:10 COT por Alejandro Rozo

La democracia colombiana no está enferma por falta de elecciones, sino por exceso de mediocridad en las propuestas políticas de campaña. Nunca hubo tantos precandidatos, tantas campañas anticipadas y tanto ruido en redes sociales, y al mismo tiempo tan pocas ideas serias, estructuradas y sin visión de Estado. El debate público se redujo a una pelea infantil entre bandos, donde lo importante no es gobernar mejor, sino destruir al adversario. Así, la política dejó de ser un ejercicio de construcción colectiva para convertirse en un espectáculo de trincheras.

Desde la izquierda, el panorama es desolador. El discurso gira casi exclusivamente alrededor de defender al gobierno del presidente Petro y de respaldar automáticamente a figuras como Iván Cepeda, sin importar la falta de propuestas claras o resultados tangibles. Cualquier crítica es descalificada como “uribista”, como si el país entero se redujera a un solo pasado político. Ese reduccionismo es cómodo, pero profundamente antidemocrático, porque desconoce a millones de ciudadanos que no se identifican ni con el uribismo ni con el petrismo, pero sí están cansados de la improvisación, la inseguridad y la falta de rumbo.

La derecha, lejos de ofrecer una alternativa sólida, ha optado por el camino fácil basado en la crítica permanente. Enumera errores del gobierno, escándalos y fracasos, muchos de ellos reales, pero no da el salto que exige el poder, como lo es explicar qué haría distinto y cómo lo haría. No hay una narrativa clara de país, ni una agenda económica, social o institucional que vaya más allá del “anti-Petro”. La crítica sin propuesta se vuelve paisaje. Repite tanto lo obvio que termina perdiendo capacidad de movilizar conciencia. Gobernar no es solo denunciar; es proponer, ejecutar y asumir costos.

El centro político, que podría ser el espacio natural para reconstruir el debate, parece haber renunciado a su papel. No lidera, no confronta y no incomoda. En lugar de construir una propuesta propia, se mueve con cautela excesiva, esperando ver quién se impone para acomodarse. En el peor de los casos, se convierte en un actor funcional al negocio electoral, apoyos que se negocian, silencios que se pagan y principios que se ajustan al mejor postor. No es casual que para 2026 el valor estimado de reposición del voto este sobre los $8.200 pesos. Para algunos, la política ya no es un proyecto colectivo, sino una transacción.

Mientras tanto, los debates presidenciales son un desfile de frases vacías, ataques personales y contenidos diseñados para viralizarse. Importa más el video corto que un programa de gobierno. Las redes sociales sustituyeron al argumento, y la indignación reemplazó a la propuesta. En este escenario, nadie explica cómo enfrentar la inseguridad, cómo generar empleo formal, cómo sostener el sistema pensional o cómo recuperar la confianza institucional e inversionista para jalonar desarrollo económico para el país. Se habla de todo, menos de lo esencial.

Lo más preocupante es la actitud de los seguidores. En la izquierda, una parte significativa de la militancia parece dispuesta a justificar cualquier incoherencia con tal de defender al “bando correcto”. La lógica y los datos pasan a segundo plano frente a la obediencia ideológica. En la derecha ocurre algo similar, se aplaude cualquier ataque al gobierno, aunque esté vacío de contenido. En ambos extremos, el pensamiento crítico se sacrifica en nombre de la identidad política. El resultado es una ciudadanía polarizada, emocional y fácilmente manipulable.

Este desgaste no es menor ya que se traduce en abstención, desconfianza y resignación. El ciudadano deja de votar por convicción y empieza a votar por miedo o rechazo. Se elige no al mejor, sino al menos malo. Ese es el terreno fértil del populismo, del caudillismo y del autoritarismo disfrazado de salvación.

Colombia necesita romper este círculo vicioso. Menos etiquetas y más propuestas. Menos trincheras y más ideas. Menos caudillos y más equipos capaces de gobernar un país complejo. La democracia no muere de un día para otro; se erosiona cuando deja de ofrecer sentido y futuro.

Si izquierda, derecha y centro siguen atrapados en la comodidad del ataque, la tibieza o el cálculo electoral, el problema no será quién gane en 2026. El verdadero problema será qué tan vacía, cansada y frágil llegará la democracia a esa cita. Porque una democracia sin ideas no se defiende sola. Se desgasta. Y cuando se desgasta demasiado, termina rompiéndose.