Democracia enferma
En Colombia, el magnicidio no ha tenido color político. Tanto líderes de izquierda como de derecha han caído bajo la sábana de la irracionalidad, como si la violencia hubiera sido la herramienta predilecta para resolver las diferencias que la democracia debería procesar en las urnas.
La historia reciente lo demuestra con crudeza. Jorge Eliécer Gaitán, líder liberal de masas, fue asesinado en 1948, desatando el Bogotazo y el inicio de una violencia partidista que se extendió por años. Décadas después, los candidatos de la Unión Patriótica —Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa— fueron acribillados en plena carrera presidencial. Carlos Pizarro, excomandante del M-19, sufrió igual destino en 1990 cuando buscaba transformar su lucha armada en un proyecto político. Todos ellos, militantes de izquierda, fueron silenciados por un país que no toleró sus propuestas de cambio.
No obstante, la violencia tampoco tuvo compasión con las otras corrientes ideológicas. Luis Carlos Galán, el hombre que encarnaba la posibilidad de una renovación liberal, fue asesinado en 1989 por enfrentar de frente al narcotráfico. Álvaro Gómez Hurtado, conservador, crítico implacable del sistema y representante de una derecha progresista, cayó en 1995 bajo circunstancias que aun no se han esclarecido. Y en 2025, Miguel Uribe Turbay, heredero de una tradición política de centro-derecha, murió tras un atentado que nos hizo recordar la oscuridad de una sociedad que no ha aprendido a tramitar la diferencia sin aniquilar al contrario; pues no son cicatrices del pasado, sino heridas abiertas que condicionan el presente y comprometen el futuro
Ocho magnicidios en un siglo no son simples hechos aislados. Son la muestra de una falla estructural de un país en el que las ideas han valido menos que las balas. La intolerancia, la incapacidad de construir consensos, el poder corrosivo del narcotráfico y de los intereses armados han dejado un país donde la vida de los líderes políticos siempre está en riesgo.
Esa es nuestra tragedia: los magnicidios no distinguen entre izquierda o derecha, porque lo que ha fallado no son las ideologías, sino la sociedad misma. Una democracia que necesita sepultar a sus líderes para sobrevivir es una democracia enferma. Hoy, la pregunta que nos corresponde no es quién será el próximo en la lista, sino si seremos capaces, como nación, de cerrar de una vez por todas ese capítulo de sangre de nuestra historia.