Crecer no basta: el desafío económico que Colombia aún no resuelve
Las cifras de crecimiento suelen celebrarse, pero no siempre cuentan toda la historia. La economía nacional creció 2,6 % en 2025, según el DANE, y en el cuarto trimestre el crecimiento fue de 2,3 % frente al mismo periodo del año anterior. No es una mala noticia. Al contrario: en un contexto internacional todavía incierto, crecer sigue siendo valioso. Pero tampoco es una cifra para triunfalismos. Porque una economía puede crecer… y aun así dejar abiertas preguntas importantes sobre la calidad y la sostenibilidad de ese crecimiento.
La pregunta de fondo, a mi juicio, no es solo cuánto creció el país, sino qué está empujando ese crecimiento. Y ahí los datos oficiales dicen mucho. Desde el enfoque del gasto, el DANE reportó que en 2025 el consumo final creció 4,2 %, mientras que la formación bruta de capital (es decir, la inversión) avanzó 2,1 %. Las importaciones crecieron 8,4 % y las exportaciones 1,8 %. En términos sencillos: el país creció, sí, pero impulsado más por el consumo que por una inversión verdaderamente fuerte.
Y aquí es donde la reflexión se deben volver estratégica; porque consumir mueve la economía en el corto plazo, pero invertir es lo que construye capacidad productiva en el mediano y largo plazo. La inversión es la que permite modernizar empresas, ampliar plantas, incorporar tecnología, mejorar logística, abrir nuevos mercados y elevar productividad. Sin inversión suficiente, el crecimiento puede sentirse más como un alivio momentáneo que como una transformación real.
Las proyecciones internacionales van en esa misma dirección. La OCDE estima que la economía colombiana crecería alrededor de 2,8 % en 2026 y 2,9 % en 2027, pero advierte que la inversión tendrá apenas una recuperación gradual y parcial, y que la incertidumbre seguirá manteniéndola contenida. Es una frase técnica, pero muy reveladora: creceremos, sí, pero con una inversión todavía cautelosa.
Eso tiene implicaciones directas para regiones como el Tolima. Porque cuando la inversión privada se mueve con prudencia, los territorios no pueden esperar pasivamente a que “llegue el desarrollo”. Tienen que trabajar para hacerse más atractivos, más confiables y más productivos. Y eso no se logra solo con discursos sobre competitividad; se logra con empresas mejor organizadas, encadenamientos más sólidos, talento más preparado y una cultura de cumplimiento que inspire confianza. Esa es la clase de inversión que también se construye desde abajo.
A veces, en la conversación pública, hablamos de crecimiento como si fuera suficiente por sí solo. Pero no siempre lo es. Una economía puede crecer y, aun así, no estar resolviendo del todo su problema de productividad. Puede haber más movimiento, más consumo y más actividad, pero si no aumentan con fuerza la innovación, la modernización y la inversión empresarial, el país sigue avanzando con freno de mano. Y para departamentos con vocación productiva como el nuestro, eso es especialmente importante.
Por eso este no es un tema solo para economistas o grandes empresarios. También es una reflexión que debería hacerse el comerciante, el emprendedor, el productor agropecuario y el ciudadano … si es que en cifras la economía “parece mejorar”, pero esa mejora no siempre se traduce con la misma fuerza en oportunidades duraderas. La respuesta está, muchas veces, en esa diferencia entre mover plata y crear capacidad. Lo primero dinamiza. Lo segundo transforma.
En tiempos de inversión cautelosa, las empresas que mejor responden no son necesariamente las más grandes, sino las que toman mejores decisiones: las que revisan con seriedad su estructura de costos, las que entienden dónde están perdiendo eficiencia, las que fortalecen su propuesta de valor y las que convierten la disciplina en una ventaja competitiva. Cuando el entorno no ofrece certezas plenas, la gestión interna pesa más.
Tolima e Ibagué tienen aquí una oportunidad interesante. No para negar las dificultades, sino para leer bien el momento. Si el país sigue creciendo de manera moderada y la inversión se recupera solo parcialmente, entonces las regiones que más se destaquen serán aquellas capaces de demostrar seriedad, orden y capacidad de ejecución. Las que entiendan que la competitividad no empieza cuando llega un gran proyecto, sino cuando el ecosistema local está listo para responder con calidad, tiempos, talento y visión.
En otras palabras: crecer no basta. El verdadero reto de Colombia hoy es volver a invertir con más decisión y mejor dirección. Y el reto de las regiones es no quedarse esperando a que esa inversión aparezca como por arte de magia, sino construir las condiciones para merecerla, sostenerla y multiplicarla. Porque al final, una economía no cambia de verdad cuando solo consume más. Cambia cuando aprende a apostar por su propio futuro