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Cuando la solidaridad nos vuelve a unir

Y sin embargo, es una lástima que esa unión sea tan frágil. Basta una diferencia política o una opinión distinta para que el hilo se rompa y volvamos a mirarnos como adversarios.
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José Monroy
Crédito
Ecos del Combeima
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16 Ago 2026 - 8:31 COT por José Adrián Monroy

Hay un instinto que nuestro país saca a relucir cuando el suelo tiembla, cuando el fuego avanza o cuando la tragedia toca a la puerta: la solidaridad. Lo vimos en la pandemia, cuando vecinos que apenas se saludaban terminaron repartiendose tapabocas y compartiendo el mercado de la semana. Lo volvimos a ver hace unos días, cuando Colombia amaneció temblando y, sin que nadie lo convocara, aparecieron manos dispuestas a ayudar. Esa es, quizás, la mejor versión de nosotros mismos.

Y sin embargo, es una lástima que esa unión sea tan frágil. Basta una diferencia política o una opinión distinta para que el hilo se rompa y volvamos a mirarnos como adversarios. La solidaridad que nos enorgullece en la emergencia no logra sobrevivir ni una semana a la normalidad.

Porque en el Tolima, la emergencia no ha sido una sola. Al sismo del lunes 10 de agosto, que dejó afectaciones estructurales en 28 de los 47 municipios del departamento, se sumó una temporada de incendios forestales que obligó a declarar la calamidad pública: más de 38 incendios activos en 16 municipios, y cifras que superan las 10.000 hectáreas quemadas solo entre San Luis, Guamo y Ortega. A eso se añade lo que muchos prefieren no nombrar, el deterioro del orden público en el sur del departamento, donde las disidencias han atacado estaciones de Policía y sedes de alcaldías, y donde el asesinato de dos uniformados en Ataco nos recordó que la guerra, para algunos tolimenses, nunca se ha ido.

Frente a semejantes problemas, uno esperaría que el instinto solidario se impusiera sin condiciones. Y en gran medida así ha sido: bomberos, voluntarios y comunidades enteras han respondido con generosidad. Pero, como siempre, no falta quien convierte la tragedia en trinchera. El que ve en cada damnificado una oportunidad para ideologizar, el que mide la ayuda por el color político de quien la entrega, el que se empeña en opacar cada esfuerzo institucional con sospechas antes que con gratitud. Es una tentación fácil, casi automática, pero también profundamente injusta con quienes hoy solo necesitan que los ayuden, no que los usen.

Vale la pena, entonces, volver a lo esencial. El bombero que apaga un incendio en San Luis no distingue colores políticos. El vecino que abre su casa a un damnificado del sismo no le pregunta por quién votó. Esa es la solidaridad verdadera, la que no es retórica, es acción.

Si algo debe quedarnos claro después de estas semanas difíciles es que la unión no es un accidente ni un favor que nos hacemos de vez en cuando: es una decisión que podemos tomar todos los días. El Tolima ha demostrado, una vez más, que sabe levantarse ante las adversidades. Que siga temblando la tierra si quiere, que el fuego intente todo lo que pueda; mientras sigamos eligiéndonos los unos a los otros por encima de las diferencias, esta tierra seguirá de pie. Esa, y no otra, es la verdadera fortaleza de nuestro pueblo.

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