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Hay más empleo… pero no necesariamente mejores oportunidades

Porque una cosa es que haya más personas trabajando… y otra muy distinta es que ese trabajo represente verdaderamente mejores condiciones de vida.
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Adriana Matallana
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12 Abr 2026 - 9:45 COT por Adriana Matallana

En los últimos meses, una de las noticias que más se ha repetido en el país es que el empleo ha mejorado. Y, en efecto, las cifras oficiales lo confirman. Según el DANE, la tasa de desempleo en Colombia para febrero de 2026 se ubicó en 9,2 %, lo que representa una reducción frente a años anteriores.

A simple vista, es una buena noticia. Y lo es.

Pero cuando se mira con un poco más de detalle, la conversación cambia.

Porque una cosa es que haya más personas trabajando… y otra muy distinta es que ese trabajo represente verdaderamente mejores condiciones de vida.

El mismo DANE ha venido mostrando una realidad que no podemos ignorar: cerca del 55 % del empleo en Colombia sigue siendo informal. Es decir, más de la mitad de las personas que hoy están ocupadas trabajan sin estabilidad, sin protección social completa y, en muchos casos, con ingresos variables e inciertos.

Y ahí es donde aparece la pregunta de fondo:

¿estamos generando empleo… o simplemente ocupación?

Porque no es lo mismo.

Un país puede mejorar sus cifras de desempleo y, aun así, no resolver el problema de fondo si ese empleo no es sostenible, no es productivo o no permite construir un proyecto de vida en el tiempo.

Y eso es algo que muchas personas sienten, incluso sin conocer las cifras.

Lo vemos en el día a día. Personas que trabajan, sí, pero que no logran ahorrar. Negocios que venden, pero no crecen. Emprendimientos que sobreviven, pero no se consolidan. Jóvenes que encuentran alguna ocupación, pero no necesariamente una oportunidad.

Por eso, cuando se habla de empleo, quizás el foco ya no debería estar solo en cuántas personas están trabajando, sino en qué tipo de trabajo estamos construyendo como país.

Porque ahí está la diferencia real.

Un empleo de calidad no es solo tener ingresos. Es tener cierta estabilidad, capacidad de proyección, posibilidad de crecer y condiciones que permitan avanzar, no solo sostenerse.

Y esto no es únicamente responsabilidad del Estado o de las políticas públicas. También tiene mucho que ver con cómo están funcionando nuestras empresas, nuestros modelos de negocio y nuestra cultura productiva.

En muchos casos, la informalidad no es solo una cifra. Es el reflejo de negocios que no han logrado estructurarse, de empresas que operan al día, de decisiones que priorizan el corto plazo sobre la sostenibilidad.

Y eso termina impactando a todos.

Porque cuando una empresa no crece de manera ordenada, difícilmente puede ofrecer mejores condiciones. Y cuando eso se repite en miles de negocios, el resultado es el que hoy vemos: más gente trabajando, pero no necesariamente en mejores condiciones.

En regiones como el Tolima, esta conversación es aún más importante. Aquí hay movimiento económico, hay emprendimiento, hay esfuerzo. Pero el siguiente nivel no es solo que haya más actividad, sino que esa actividad se convierta en oportunidades reales, sostenibles y dignas.

Tal vez por eso vale la pena cambiar la pregunta.

No es solo cuántos empleos estamos generando.
Es qué tipo de futuro están construyendo esos empleos.

Porque al final, el desarrollo de un país no se mide únicamente en cifras que bajan o suben.
Se mide en la calidad de las oportunidades que le ofrece a su gente.

Y ahí, todavía tenemos una conversación pendiente.

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