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Hay que decirlo

Recientemente en un almuerzo, uno de mis contertulios se quejaba de los malos salarios que se pagan en Colombia. Insistía que uno de sus hijos había estudiado en Europa y comentaba sobre lo que había tenido que invertir para ello. A su regreso había tratado de encontrar empleo y las ofertas no correspondían a lo que él esperaba recibir como salario.
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Ecos del Combeima
17 Jun 2019 - 22:05 COT por Ecos del Combeima

Recientemente en un almuerzo, uno de mis contertulios se quejaba de los malos salarios que se pagan en Colombia. Insistía que uno de sus hijos había estudiado en Europa y comentaba sobre lo que había tenido que invertir para ello. A su regreso había tratado de encontrar empleo y las ofertas no correspondían a lo que él esperaba recibir como salario. Alegaba cosas como “aquí no se valora la formación”, “mi hijo está destrozado”, entre otras.

Pues bien, resulta que, en una economía de libre mercado, los salarios corresponden a lo que las empresas pueden pagar y a la ley de oferta y demanda. En la medida en que las empresas sean más competitivas y vendan mucho más, seguramente requerirán mejor talento humano y pagarán mucho más por él. Sin embargo, en la medida en que luchen apenas por pagar la nómina y los impuestos mes a mes, les será casi imposible ofrecer mejores condiciones. Es una ecuación relativamente sencilla: si no hay utilidades suficientes, no puede haber mejores salarios. Algunos se niegan a entender eso y entonces migran hacia la burocracia estatal, que a veces es mejor escribirla con dos ´r´ (burrocracia).

Vía amigos, familiares o algún político, de esos que no saben nada de economía, pero sí mucho de politiquería y clientelismo; pueden “ubicarse” en algún cargo en los diferentes niveles del Estado, ese Leviatán que crece y crece. No se requiere ser el mejor. Es suficiente aprender a expresarse de manera cordial con el famoso “si doctor, como usted diga”, “claro que sí, que buena idea”, “usted es lo mejor que le ha pasado a este país”. Recuerdo un político que alguna vez me dijo que yo de tanto estudiar iba a terminar con una colección de “cartones” y sin empleo. Se equivocó de cabo a rabo.

No se trata de estudiar por estudiar y luego esperar que los buenos empleos lleguen por arte de magia. Es nefasta la frase de algunos recién egresados que se creen gerentes y responden a algunas ofertas laborales alegando que “no me voy a regalar por ese mínimo”. Pues bien, quiero contarles, apreciados lectores, que yo me “regalé” por ese mínimo hace ya 12 años. Fueron momentos difíciles, pero siempre seguí estudiando y aprendiendo. Les cuento, además, que no estudié administración o negocios en el pregrado. Soy Historiador y por lo tanto aprendí a leer. Por eso, mi consejo es sencillo: estudien lo que de verdad les guste, lean mucho, piensen mucho y empiecen desde muy abajo para poder subir. Quienes empiezan en la cima no pueden dar un paso adelante o hacia atrás porque se caen. A quienes les digan que eviten expresar lo que piensan, a quienes les sugieren buscar “contactos” y estar en la “rosca” ¡Mándenlos al carajo! Sean los mejores y acepten retos grandes, así la compensación económica en un primer momento no sea la mejor. ¡Ah! Y dejen de andar pensando que tienen derecho a todo. Uno tiene derecho a trabajar y a esforzarse para salir adelante, lo demás dejémoselo a los politiqueros de siempre que reparten puestos como dulces en una piñata, premiando a sus mediocres que solo sirven para buscar votos.    

 

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El Tolima es un territorio que entiende esto en carne propia. El departamento figura entre los principales productores nacionales de café, arroz, cacao y plátano. Es una despensa real del centro del país. Pero esa vocación productiva no siempre se ha traducido en cadenas de valor que beneficien primero a quien trabaja la tierra.

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Lo que no resulta tan normal, es que esos cambios ocurran de manera tan abrupta que terminan pareciendo más una estrategia de mercadeo político que una convicción genuina.

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