La resurrección de Armero
25 de marzo de 1991
Como en las ruinas de Pompeya, villa veraniega de la nobleza romana destruida por la furia del Vesubio, en lo que quedó de la tolimense Armero se va a montar un atractivo turístico con toda su infraestructura. Allí será levantado el Museo Parque de la Esperanza.
El proyecto lo ejecutará la Empresa Promotora de Turismo, Turtolima, con una inversión de 50 millones de pesos.
Con el solo anuncio, la imaginación empezó a volar. Calle por calle de las 130 manzanas que conformaban la otrora Ciudad Blanca tendrá su demarcación casi exacta.
Los riesgos de equivocación deben ser mínimos porque en un fallo reciente el Consejo de Estado determinó que los armeritas continúan siendo dueños de sus predios, así jamás puedan reconstruir sus viviendas y residir en el solar nativo. Aun cuando el Volcán Arenas lo haya destruido todo en una noche apocalíptica, la justicia hará respetar el derecho de propiedad.
El levantamiento topográfico dejará los planos catastrales tal y como estaban cuando Armero vivía. Una vez los cinco mil lotes de la ciudad arrasada sean delineados nuevamente, la Corporación Autónoma Regional de Tolima (Cortolima) iniciará la arborización de las calles y parques.
La idea de conseguir a los sobrevivientes que más recuerden como era su ciudad y divulgada por Amparo Rojas de Pérez, directora de Turtolima, tuvo inmediata acogida en dos de los más conocidos armeritas, Hugo Viana y Tuto Oviedo, quienes se ofrecieron como voluntarios. Oírlos con planos del Agustín Codazzi en la mano es volver a Armero.
Estamos allí. Al llegar de Ibagué, la carretera central se vuelve la carrera 18; antes de llegar a la calle 12, primera etapa de este recorrido sentimental, hemos dejado atrás el Club Campestre, estaciones de servicio y talleres agroindustriales; el edificio de Pompilio Tafur, el de Rafael Montes; el tango bar de Marquitos Rodríguez, la bomba de Chaco Peñaloza.
Entre las agencias de Velotax y la de Rápido Tolima estaban las ventas de mangas Albania, cosechadas en una hacienda cercana, variedad única en el país. Era el típico aroma armerita.
Los guías quieren detallarlo todo. Recuerdan que esa misma carrera 18 tenía a lado y lado una población disímil. El Hospital San Lorenzo, por ahí pasaban las monjas y las prostitutas; los mecánicos y los doctores; los bomberos, turistas del Hotel Pindalito, el mejor de Armero, y comensales de los restaurantes Cortés y Popular.
Aquí hay un tramo que es el de mostrar y conservar por siempre, como ocurre con las ruinas de Pompeya. Cinco mil personas se salvaron en el sector de Mercadito, donde la avalancha tomó dos caminos y dejó en el centro decenas de casas, de las cuales solo quedan sus cimientos.
Esas son las ruinas de Armero. Lo demás es un playón inmenso. Bajar por lo que fue la calle 12 y llegar hasta la Cruz donde oró el Papa Juan Pablo II es arribar a todo el centro de la devastada ciudad e imaginar la iglesia de San Lorenzo, el restaurante chino, la Caja Agraria, depósitos, almacenes y el consultorio odontológico de Ramiro González.
Telecom, la Alcaldía, la heladería La Cascada del gordo Basto, donde murieron cinco amigos jugando parqués. El centro y su entorno con arbustos y casas de uno y dos pisos, eso era Armero.
El proyecto del Museo Parque de la Esperanza es paisajístico. Retoma lo que hay actualmente en jardines y lo que la mano de los armeritas ha puesto en su tierra después de la avalancha, agregándole todo el verde que sea necesario. Como para pasear un bosque lleno de cruces y de flores, al cual vuelvan las bandadas de loros que alegraban los atardeceres en el parque central.
Desde una caseta modular se dará información a los visitantes. En los sitios donde funcionaron los edificios públicos encontrarán vallas como la de la Alcaldía, con los nombres de quienes rigieron sus destinos. El último de ellos, Ramón Antonio Rodríguez, quien murió con un radio handy en la mano pidiendo ayuda porque se nos entró el agua .
La tumba de Omayra y la de cada uno de los veinte mil armeritas que perecieron en la catástrofe, con sus cruces regadas caprichosamente, tendrán cuando esta obra sea culminada el abrigo de la naturaleza que esa noche les fue esquiva.
Y en lo alto del cerro de Los Farallones, una cápsula metálica guardará para la posteridad recortes de periódicos, casetes con testimonios transmitidos por la radio y la televisión, fotos, discos, poemas, libros, todo lo que el país y el mundo supieron de la descomunal tragedia.
Y es que en la historia de las avalanchas, que por lo general se presentan cada 140 años, nunca las tormentosas aguas que descienden por el cañón del Lagunilla han podido llegar a las empinadas cumbres de Los Farallones.