Colombia se quedó estancada en exportaciones: ¿qué debemos hacer para duplicarlas y convertirnos en una potencia agroindustrial y exportadora?
Mientras Colombia debate reformas, elecciones, polarización política y disputas ideológicas, una realidad económica pasa casi inadvertida. El país lleva años atrapado en un mismo techo exportador, en esto se han presentado algunas variaciones derivadas de los ciclos del petróleo y los precios internacionales. Colombia continúa moviéndose alrededor de los US$50.000 millones anuales en exportaciones, una cifra sorprendentemente baja para una nación de más de 52 millones de habitantes, con dos océanos, una ubicación estratégica privilegiada y una de las mayores biodiversidades del planeta.
Para entender la dimensión del problema basta observar lo que ocurre en el mundo. China exporta cerca de US$3,6 billones de dólares al año; Estados Unidos supera los US$2 billones; Alemania ronda los US$1,7 billones. Pero incluso dentro de América Latina la comparación resulta preocupante. México exporta alrededor de US$640.000 millones de dólares, Brasil cerca de US$394.000 millones y Chile supera los US$100.000 millones. Colombia, en cambio, continúa estancada alrededor de los US$50.000 millones.
La pregunta es inevitable: ¿por qué un país con semejante potencial exporta tan poco?
La respuesta comienza por reconocer una realidad incómoda. Colombia se desindustrializó. Durante décadas el país abandonó gradualmente la construcción de una política industrial robusta y permitió que buena parte de su aparato productivo perdiera competitividad frente a mercados internacionales cada vez más agresivos. El resultado es evidente, exportamos principalmente materias primas, productos básicos y bienes con escaso valor agregado.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) advirtió desde mediados del siglo XX que las economías dependientes de materias primas enfrentan mayores dificultades para alcanzar niveles sostenidos de desarrollo. Por eso impulsó estrategias de industrialización y sustitución de importaciones que buscaban fortalecer las capacidades productivas nacionales. Aunque el mundo cambió y aquellas recetas deben adaptarse a la realidad actual, la enseñanza sigue vigente. Los países que transforman y agregan valor exportan más riqueza que aquellos que simplemente venden recursos sin procesar.
El café es quizás el mejor ejemplo. Colombia produce algunos de los mejores cafés arábigos suaves del planeta, recolectados manualmente por más de 124.000 familias cafeteras, muchas de ellas ubicadas en Huila, Antioquia, Tolima y los departamentos del tradicional Eje Cafetero. Sin embargo, gran parte de nuestras exportaciones siguen concentradas en café verde. Mientras otros países capturan mayores márgenes comercializando cafés tostados, extractos, concentrados, esencias, bebidas y productos derivados, nosotros continuamos exportando principalmente la materia prima. Peor aun compitiendo en precio con Brasil y Vietnam que tiene caficultura mecanizadas. Es como si un artesano colombiano dedicara semanas a elaborar una obra única para terminar vendiéndola al precio de una producción industrial en serie.
La situación no es muy diferente en otros sectores. Colombia posee condiciones excepcionales para ampliar exportaciones de aguacate Hass, limón Tahití, mango, cacao, frutas exóticas, proteína animal, productos forestales y agroindustriales. Sin embargo, la expansión de los predios certificados para exportación, los sistemas agrologísticos, la infraestructura rural y los procesos de transformación avanzan con una lentitud que contrasta con la velocidad de nuestros competidores.
Mientras tanto, países como Chile han convertido el cobre, el litio, las frutas y la agroindustria en motores de crecimiento exportador. Brasil transformó su agricultura en una potencia mundial. México construyó una sofisticada plataforma manufacturera integrada al mercado norteamericano. Colombia, en cambio, continúa dependiendo excesivamente de hidrocarburos y minería tradicional.
Paradójicamente, tampoco hemos logrado desarrollar plenamente sectores donde contamos con ventajas comparativas evidentes. La incertidumbre regulatoria en minería, la ausencia de una visión estratégica de largo plazo y la falta de ordenamiento productivo han limitado el aprovechamiento responsable de recursos que podrían financiar parte de la transformación económica que el país necesita.
Lo preocupante es que el estancamiento exportador también limita el crecimiento económico. Las exportaciones no son únicamente una cifra comercial. Son una medida de productividad, innovación, sofisticación empresarial y competitividad internacional. Un país que exporta más suele generar mejores empleos, atraer más inversión y desarrollar capacidades tecnológicas superiores.
Por eso el verdadero debate económico de Colombia no debería concentrarse únicamente en cuánto gastar o cuánto recaudar. Debería centrarse en cómo producir más, transformar más y exportar más.
Romper la barrera de los US$50.000 millones no debería ser una meta ambiciosa. De hecho, Colombia debería estar discutiendo cómo alcanzar exportaciones cercanas a los US$80.000 millones o incluso US$100.000 millones durante la próxima década. El potencial existe. Lo que ha faltado es una estrategia nacional capaz de articular productividad, infraestructura, innovación, industrialización y comercio exterior.
Las naciones que progresan no son necesariamente las que consumen más. Son las que producen más valor para el mundo. Y mientras Colombia siga exportando principalmente materias primas y desaprovechando su enorme capacidad agroindustrial, continuará observando cómo otros países avanzan mientras nosotros seguimos atrapados bajo el mismo techo exportador de hace años.
El desafío no es ideológico, el desafío es económico. Porque al final del día ningún país se desarrolla hablando de riqueza, sino generándola. Y Colombia seguirá atrapada en el mismo techo mientras no entienda que la prosperidad no llega sola; La prosperidad se siembra, se cultiva, se produce, se transforma y se exporta.