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El país de los hipopótamos

Porque aquí no solo integramos especies, también las ponemos a producir… aunque el único negocio rentable siga siendo el de siempre.
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Profile picture for user Omar Julián Valdés Navarro
19 Abr 2026 - 9:34 COT por Omar Julián Valdés Navarro

Esta semana el país se debatió entre dos asuntos “trascendentales”: los hipopótamos prófugos de la Hacienda Nápoles, que ya superan los 200 ejemplares y caminan como si tuvieran cédula colombiana, y, del otro lado, el coro de quejas de campesinos asfixiados por el predial. ¡Vaya dilema nacional! ¿Fauna exótica desbordada o bolsillo campesino en vía de extinción?

Jum… confieso que no sabía por cuál inclinarme, así que opté por lo más sensato en este país: mezclarlo todo. Porque si algo nos caracteriza es resolver los problemas… creándoles compañía. Y antes de que algún experto en finanzas públicas o en zoología me caiga encima, dejo constancia: no sé de impuestos, y mucho menos de hipopótamos. Pero eso sí, como buen opinador nacional, tengo una solución. Y como toda solución criolla, suena absurda… hasta que uno recuerda que aquí cualquier cosa es posible.

Creo que lo primero —como todo en este país— es censarlos. Pero, por favor, nada de biólogos ni zootecnistas, ¡no compliquemos lo sencillo! Para eso existe el Sisbén, experto nacional en ubicar hasta al más escurridizo. Ellos llegan, toman nota, hacen las preguntas de rigor, miran el “baño” —aunque en este caso sea una laguna— y de paso evalúan las condiciones de vida de cada hipopótamo con una precisión casi poética.

Y como nuestros hipopótamos ya no son africanos sino orgullosamente colombianos, no faltará el que jure que vive en pobreza extrema, que no come hace días y que la vida le ha sido esquiva. ¡Faltaba más! Y si el encuestador, en un ataque de objetividad, intenta subirles el puntaje… tranquilo, que siempre aparece un billetico extraviado que “corrige” cualquier error técnico.

Con eso no solo resolvemos el misterio de cuántos son y dónde viven, sino que, de paso, destapamos escándalos: el hipopótamo con doble hogar, el que figura en dos lagunas distintas, o el que aparece como cabeza de hogar mientras la manada entera cobra subsidio. Porque si algo hemos perfeccionado, más que la conservación de especies, es el arte de multiplicar beneficios.

El segundo paso es todavía más sencillo, casi que automático: meterlos en cuanto programa de subsidio exista y, sobre todo, en los de entrega de tierras… ¡ahí sí es donde está el verdadero hábitat nacional! Porque, si uno se pone serio —aunque cueste—, los hipopótamos cumplen con todos los requisitos: son desplazados, víctimas indirectas del narcotráfico, sobrevivientes de un secuestro por un traqueto y, para rematar, sin vivienda digna. ¿Qué más pruebas quiere el Estado?

Acto seguido, una llamadita estratégica a la Agencia Nacional de Tierras y asunto resuelto: un par de hectáreas bien ubicadas, con laguito incluido, pradera amplia y ojalá hasta piscina climatizada, no vaya a ser que el cambio climático los agarre desprevenidos. Y claro, que esas tierras queden en zonas “dinámicas”, de esas donde la noche tiene dueño, donde la fiesta suena a ráfaga y donde algunos usan brazaletes con siglas que solo ellos entienden… ¡para que se vayan adaptando a la realidad del país que ya los adoptó!

Porque aquí no solo integramos especies, también las ponemos a producir… aunque el único negocio rentable siga siendo el de siempre.

Ya con nuestras flamantes familias de hipopótamos reubicadas, con tierrita en regla y acomodados como cualquier beneficiario modelo, llega el momento glorioso: producir. Porque en este país nadie puede quedarse quieto… al menos en el discurso. Entonces les decimos, con toda la fe institucional, que accedan a un crédito del gobierno. ¡Ahí sí empieza el verdadero safari!

Apenas se enfrenten a los formularios, a las filas eternas y a esos procesos digitales “mejorados” que piden clave, código, huella, retina y hasta la fe de bautismo, mínimo el 20% cae fulminado… no por enfermedad, sino por aburrimiento y frustración. Sin recursos, sin respuestas y con el sistema colgado, porque aquí la modernización siempre llega… pero llega tarde.

Ahora bien, los que sobreviven a la odisea y logran endeudarse, ¡felicitaciones!, han alcanzado un nuevo nivel de preocupación: convertirse, de la noche a la mañana, en terratenientes sospechosos. Porque ya no son víctimas ni desplazados, ahora son “acumuladores de tierra”, casi enemigos del progreso, según el libreto oficial. Y claro, si ya tienen tierra, pues que paguen… ¿qué tal un predial rural con un ajuste “suavecito” del 500%? ¡Nada traumático!

Estoy seguro de que cuando les llegue el recibo, más de uno —hipopótamo o campesino, que ya a estas alturas da lo mismo— no necesitará veterinario ni médico: el patatús será inmediato. Porque en Colombia el verdadero depredador no ruge en la sabana… llega en sobre sellado y con fecha límite de pago.

Y al final del experimento patrio, nos quedan unos hipopótamos endeudados, señalados y prácticamente abandonados por el mismo Estado que los “integró”. ¡Vaya inclusión! Sin más opción, muchos terminarán sembrando lo que sí deja, lo ilegal, porque la finca llegó sin carretera, sin asistencia técnica y sin una sola herramienta que no sea la paciencia. Los más jóvenes, como ya es costumbre en ciertos rincones del país, serán “invitados” a engrosar filas por los bandoleros de brazaletes de colores, esos que imponen orden a punta de plomo. Y otros, los que aún conserven algo de instinto de supervivencia, tendrán que salir corriendo, dejando la tierra botada antes de quedar atrapados en la mitad de una guerra que no pidieron.

Estoy seguro, señores ministros, que si ponemos a los hipopótamos del Magdalena a vivir la misma suerte de tantos campesinos, estigmatizados, sin apoyo y sin tecnificación, el resultado será predecible: los pocos que queden harán maletas —o lo que sea que cargue un hipopótamo— y emprenderán el regreso a su “país de origen”. Como ya lo han hecho otros migrantes que probaron suerte aquí y entendieron, demasiado tarde, que en Colombia sobrevivir no siempre depende de la fuerza… sino de la paciencia para resistir lo absurdo.

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