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Las redes sociales, el rumor y la polarización: la nueva plaza de la opinión pública

El fenómeno tiene efectos específicos. En primera medida, un chisme erosiona la confianza institucional y la personal. Cualquier decisión pública, como por ejemplo la puesta en marcha de una obra, la ejecución de un contrato o una medida de seguridad puede quedar atrapada en una tormenta digital antes de ser explicada.
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1 Mar 2026 - 9:45 COT por Juan Manuel Díaz Borja

Las redes sociales, el rumor y la polarización: la nueva plaza de la opinión pública
Por: Juan Manuel Díaz Borja

El mundo ya no debate únicamente en los cafés, ni en los parques, ni en los espacios pensados para la disertación. La opinión pública hoy transcurre en Facebook, WhatsApp y TikTok. Las redes sociales se han vuelto la nueva plaza pública, y el problema es la velocidad con la que el chisme y el rumor desplazan a la información, y la emoción reemplaza el argumento.

En los últimos años, la conversación pública se ha vuelto más intensa, pero a la vez más frágil. Fragmentos de vídeos, imágenes sin contexto o realizadas con la inteligencia artificial, o una cadena reenviada cientos de veces, son suficientes para crear narrativas que, aun siendo falsas o incompletas, logran construir percepciones colectivas nefastas. Es evidente que el rumor no requiere de pruebas sino simplemente ser circulado, y mucho más en espacios pequeños como las empresas u organizaciones débiles en cultura organizacional o en ciudades intermedias como la nuestra, en donde es fácil dañar la reputación y el buen nombre de las personas.

El fenómeno tiene efectos específicos. En primera medida, un chisme erosiona la confianza institucional y la personal. Cualquier decisión pública, como por ejemplo la puesta en marcha de una obra, la ejecución de un contrato o una medida de seguridad puede quedar atrapada en una tormenta digital antes de ser explicada. En segundo lugar, un chisme digital radicaliza posiciones. La lógica del algoritmo premia esa indignación de la que hablaba Chul Han en El Enjambre: “La sociedad de la indignación es incapaz de generar discurso; solo produce escándalo.” Así, las discusiones, en el caso de los gobiernos de turno, se convierten en trincheras: oficialistas contra opositores o “buenos” contra “malos”, sin espacio para la convergencia o los acuerdos sobre lo fundamental de los que hablaba Álvaro Gómez Hurtado.

Existe, además, un componente de responsabilidad compartida. La ciudadanía participa activamente en la circulación del rumor que incluso a veces suele venir de un “periodista”, se reenvía información sin verificarla, se comentan las publicaciones en las redes sociales desde la rabia y aquellas diferencias por pequeñas que sean, se convierten en ofensa: todo ello fortalece una cultura digital reactiva. A su vez, las autoridades, dirigentes de turno o líderes de organizaciones suelen responder tarde o con comunicados fríos que no compiten con la narrativa emocional que ya ganó terreno, pues ante la lógica de algunos, es más chévere indignarse, que acudir a una fuente más confiable o incluso a verificar por si mismo la información.

Estoy absolutamente convencido de que las redes sociales son herramientas poderosas de participación social. Sin embargo, hay que tener claro que las mismas pueden convertirse en espacios de linchamiento simbólico y fragmentación de la opinión del ciudadano promedio. Si, por ejemplo, la política local o las decisiones de una institución en donde convergen diferentes personas se trasladan por completo al terreno del chisme o del escándalo digital, la gestión pública terminará gobernada por la inmediatez de las tendencias y el famoso “trending topic”, y no por la planificación de largo plazo.

Enfrentamos entonces, en el mundo, el desafío de construir una cultura digital más crítica. Esto implica alfabetización mediática en colegios y universidades, responsabilidad comunicativa en líderes públicos y privados, y desde luego medios locales que asuman con rigor su función verificadora, y que no tiene nada que ver con censurar o silenciar la crítica, de los que dicen hablar “sin filtros”, porque a veces esos filtros son necesarios para ejercer un buen control social.

Tampoco puede ser posible, que un líder, jefe o gerente se deje llevar por el infundio de un chisme y que eso termine determinando sus decisiones o perspectivas de los procesos o incluso de las personas que trabajan para él. Cuando el rumor sustituye al diálogo, la polarización o los problemas laborales o interpersonales no son un accidente; son el resultado previsible de la ausencia de una conversación necesaria, en contexto y con voluntad de escuchar al otro.

La nueva plaza pública ya está aquí. La decisión es si la usamos para dialogar, o para dividirnos o justificar las propias equivocaciones.