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¡La cadena del arroz está quebrada! ¿Con qué la curaremos?

Hoy la situación no solo no mejora, sino que se agrava, y la comercialización del arroz se vuelve cada vez más pesada y más injusta para el agricultor tolimense.
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Suejto
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Suministrado
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25 Ene 2026 - 11:02 COT por Omar Julián Valdés Navarro

Los arroceros del Tolima no pueden seguir viviendo de paro en paro, ni mucho menos de cascaras de Huevo. El paro pasa, las cámaras se van, los discursos se enfrían… y el productor se queda exactamente en el mismo punto: con el arroz en el lote, las cuentas encima y la incertidumbre intacta. Hoy la situación no solo no mejora, sino que se agrava, y la comercialización del arroz se vuelve cada vez más pesada y más injusta para el agricultor tolimense.

Del último paro arrocero quedaron promesas, arengas, comunicados, un par de buenos sancochos a borde de carretera—que nunca faltan— y el Tolima colapsado durante algunos días. Pero de las soluciones pactadas en la mesa, poco o nada se volvió realidad. Una ministra ausente y ajena al problema, un Gobierno nacional que no ejerce presión real sobre los molinos y que parece mirar para otro lado frente al contrabando, demuestran algo muy claro: para hablar son muy buenos, pero para hacer cumplir las reglas se quedan corticos… por no decir muy cortos.

Y no es carreta. El arroz es uno de los renglones más sensibles del agro colombiano. En el Tolima se siembran, en años normales, entre 80.000 y 90.000 hectáreas, y de esta cadena dependen directa e indirectamente más de 15.000 familias. Municipios como Espinal, Saldaña, Purificación, Guamo, Natagaima y Prado no entienden su economía sin el arroz. Aquí el arroz no es solo un cultivo: es empleo, es comercio, es transporte, es cultura y es estabilidad social.

Pero hoy el negocio está asfixiado. El productor vende por debajo de sus costos, mientras los insumos siguen subiendo. Sembrar una hectárea de arroz supera fácilmente los 10 o 12 millones de pesos, y el precio que recibe el agricultor no siempre alcanza para cubrir esa inversión. Y aquí aparece uno de los cuellos de botella más graves: la comercialización.

No quiero ser abogado del diablo, pero hay una realidad técnica que muchos ignoran desde el escritorio. Un arrocero solo tiene alrededor de 48 horas para secar su arroz después del corte. No puede guardarlo, no puede esperar semanas a que “mejore el precio”. Y en ese corto margen de tiempo, hoy los molinos solo están recibiendo arroz de quienes les deben plata, de quienes financiaron la siembra. El resto, simplemente espera… o acepta condiciones que no son negocio, sino resignación. Que falta nos hacen las plantas de secado, de propiedad de las Asociaciones Arroceras. Creo que se prometieron varias en el Tolima y aun no llega la primera.

Eso no es libre mercado, eso es una cadena rota.

A esto súmele el contrabando, que entra sin mayor control, presiona los precios a la baja y compite de forma desleal con un productor que cumple normas, paga impuestos y genera empleo local. Y mientras tanto, las autoridades nacionales hablan de soberanía alimentaria, pero dejan al productor nacional solo frente al mercado.

El arroz en el Tolima es tradición, es cultura y mueve más de 20 municipios del departamento. No estamos hablando de un cultivo marginal, estamos hablando de una columna vertebral de la economía regional. Por eso este no es un llamado con micrófono prestado; es un llamado serio al Gobierno nacional, al Gobierno departamental y a las entidades regionales.

Aquí no se necesitan más mesas de diálogo para la foto. Se necesita:
•    QUE SE CUMPLAN LOS ACUERDOS, DEL PARO DEL 14 DE JULIO.

No dejen que la ruina llegue al campo tolimense por omisión. Amárrense los pantalones, dejen el discurso bonito y trabajemos en serio por una cadena arrocera justa y sostenible. Porque cuando se cae el arroz, no se cae solo un cultivo: se cae una región entera.

Y el Tolima, créanme, no aguanta otro para Arrocero.