Cepeda: el heredero de lo que no queremos heredar
Hay una palabra que los colombianos conocemos bien, que nos ha costado décadas de aprendizaje doloroso y que conviene recordar a 15 días de la primera vuelta presidencial: la continuidad. A veces la continuidad es una virtud y otras ha sido una condena. Para el caso de Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y heredero oficial del gobierno de Gustavo Petro, hay que preguntarse sin eufemismos qué, exactamente, es lo que se va a continuar.
Porque Cepeda no propone un proyecto nuevo. Propone una prolongación. Y lo que se va a prolongar merece un examen honesto, sin la ingenuidad del entusiasmo electoral.
Iván Cepeda tiene 63 años, una trayectoria política indiscutible y una coherencia ideológica que pocos pueden negarle. Ha dedicado su vida pública a las causas de los derechos humanos, la memoria histórica y el control político. En eso, su hoja de vida es larga y respetable.
Su experiencia de gobierno se reduce a haber fiscalizado a los que sí gobernaron, lo cual es una tarea noble pero totalmente distinta a gobernar. Denunciar irregularidades de un contrato es muy diferente a firmar uno y responder por él.
Cepeda no solo hereda la bandera ideológica del petrismo, hereda su historial . Y ese historial es difícil de defender de manera seria.
Más de cincuenta ministros desfilaron por el gabinete en cuatro años, algunos por apenas unos meses, dejando entidades sin rumbo, contratos sin ejecutar y políticas públicas que empezaban de cero cada vez que llegaba un nuevo funcionario. El Plan Nacional de Desarrollo —“Colombia, potencia mundial de la vida”— alcanzó apenas un 59% de ejecución promedio al cierre del gobierno, según el propio Consejo Nacional de Planeación. En educación, vivienda, salud y desarrollo rural, se reportan rezagos graves. No es mi opinión. Es el informe de seguimiento de una entidad del Estado.
En materia fiscal, el gobierno dejará una deuda y un déficit en máximos históricos, con la regla fiscal suspendida, dos reformas tributarias rechazadas por el Congreso, y un presupuesto de 2026 construido sobre el supuesto de un recaudo que nunca llegó. El gasto burocrático creció 40% mientras la inversión social y productiva caía.
Y la “Paz Total”, la propuesta más ambiciosa y más promovida del gobierno, terminó siendo lo que muchos temían: una declaración de buenas intenciones que fortaleció a los grupos armados en las regiones, les dio oxígeno político y tiempo para reorganizarse, sin producir un solo acuerdo duradero. El propio Petro admitió su fracaso.
Pero nada define mejor al “gobierno del cambio” que el escándalo de la UNGRD, el mayor caso de corrupción del gobierno Petro y uno de los más vergonzosos de la historia reciente del país. Este es el gobierno que Iván Cepeda promete profundizar. Estas son las prácticas que, según él, representan el “poder de la verdad”.
Sin embargo, el argumento que quizás es más difícil de refutar, no es el de la incompetencia ni el de la corrupción, es el de la hipocresía.
El petrismo llegó al poder con un relato poderoso y encantador, que ellos eran distintos. Ellos venían a romper el sistema clientelista, a acabar con la politiquería, a sepultar para siempre las prácticas de los que cambiaban contratos por votos, puestos por lealtades, recursos públicos por apoyo político. “El gobierno del cambio”, se llamaron a sí mismos. Y millones de colombianos les creyeron.
Cuatro años después, el clientelismo no desapareció. Simplemente cambió de manos. Como lo escribió claramente una columnista del Espectador: el clientelismo se desplazó al partido en el poder y a esa colectividad sirve. Es patrimonio exclusivo y excluyente del Pacto Histórico. Incluso Claudia López, quien celebró el triunfo de Petro en 2022, terminó sentenciando lo que muchos callaban: “Solo saben sumar clientelismo y corrupción”. No lo dijo la derecha. Lo dijo alguien que votó por él.
La izquierda colombiana llegó prometiendo reescribir la historia. Lo que hizo fue repetirla, con peor letra y mejor retórica. Y ahora Cepeda se para frente al país a ofrecernos el capítulo siguiente de esa misma novela, convencido de que esta vez sí saldrá bien.
Votar por Cepeda no es votar por el cambio. Es votar por la continuidad de lo que ya vimos. Y creo que vimos suficiente.