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¿Por qué la guerra en medio oriente encarece la comida? Un golpe invisible a la economía global

El cierre o la restricción del tránsito en el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte significativa del comercio energético y petroquímico mundial, ha desatado un efecto dominó.
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Ecos del Combeima
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29 Mar 2026 - 9:53 COT por Alejandro Rozo

La guerra que hoy escala en Medio Oriente no solo se mide en misiles, alianzas militares o tensiones diplomáticas. Se mide, sobre todo, en algo mucho más cotidiano y silencioso como lo es el costo de producir alimentos. Y ahí está el verdadero golpe económico que muchos aún no dimensionan.

El conflicto en el Golfo Pérsico ha vuelto a poner en evidencia una verdad incómoda, la economía mundial sigue dependiendo de la energía, de las rutas estratégicas y de la estabilidad geopolítica. Pero hay un efecto adicional que comienza a sentirse con fuerza y que golpea directamente a países como Colombia, especialmente a través del encarecimiento de los fertilizantes.

El cierre o la restricción del tránsito en el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte significativa del comercio energético y petroquímico mundial, ha desatado un efecto dominó. No solo suben el petróleo y el gas; también se disparan los insumos que dependen de ellos. Entre ellos, los fertilizantes nitrogenados como la urea, cuya producción está estrechamente ligada al gas natural.

Las cifras son alarmantes, en cuestión de semanas, el precio de la urea ha aumentado más del 50% en los mercados internacionales, impulsado por la disrupción logística, el encarecimiento del gas y el aumento en los costos de transporte y seguros marítimos. A esto se suma otro factor crítico, cerca de un tercio del comercio mundial de fertilizantes transita por esa zona en conflicto.

El resultado es evidente ya que producir alimentos hoy es mucho más caro que hace apenas unos meses, situación que afecta a América Latina y particularmente a nuestro país. Colombia importa entre el 75% y el 90% de sus fertilizantes. Es decir, depende casi totalmente del mercado internacional para sostener su producción agrícola. Cuando los precios globales suben, el impacto no es gradual ni marginal, es inmediato y profundo. Los costos de producción se disparan, los márgenes de los agricultores se reducen y en muchos casos, la única alternativa es usar menos fertilizante.

Usar menos fertilizante en cultivos como café, arroz, maíz, papa frutas y otros, no es una decisión técnica menor. Esto en la práctica significa una reducción directa en la productividad agrícola. Menos fertilización implica menores rendimientos en cultivos como los ya mencionados que son productos esenciales para la seguridad alimentaria y la principal fuente de exportaciones para Colombia en el caso del café. 

El problema no termina ahí. A este aumento en los insumos se suma el encarecimiento del transporte marítimo que puede subir entre 10% y 30% en escenarios de tensión, así como el incremento en las primas de seguros para rutas internacionales. Es decir, no solo es más caro producir, también es más caro transportar y comercializar.

El resultado es una ecuación peligrosa, alimentos más costosos, presión inflacionaria y unas cadenas productivas debilitadas. Este fenómeno, aunque tiene implicaciones globales, en economías emergentes como la nuestra, el impacto es mucho más severo. 

Mientras los países desarrollados cuentan con subsidios, reservas estratégicas o mayor capacidad fiscal para amortiguar el choque, países como Colombia enfrentan el problema con una estructura productiva frágil y alta dependencia externa.

Es acá donde aparece el verdadero riesgo estructural para un modelo agrícola como el nuestro. Durante años se ha pospuesto una discusión de fondo sobre la soberanía productiva en insumos estratégicos. La dependencia de fertilizantes importados no es nueva, pero en contextos de estabilidad global pasa desapercibida. Es en momentos de crisis como el actual cuando esa dependencia se convierte en una amenaza directa para la productividad y la competitividad de los sectores agroalimentarios, así como para la seguridad y la sostenibilidad alimentaria del país.

La guerra en Medio Oriente no ocurre en los campos colombianos, pero sus efectos sí llegan. Llegan en forma de fertilizantes más caros, de cosechas menos rentables y de alimentos que comienzan a subir de precio en los mercados locales.

Colombia enfrenta hoy un doble desafío. Por un lado, debe gestionar el impacto inmediato de esta crisis, procurando apoyar a los productores, evitar una caída abrupta en la productividad y contener el traslado de costos al consumidor final. Pero, por otro, debe asumir un reto mucho más profundo enfocado en reducir su dependencia estructural de insumos externos, pues hasta hoy somo un país 100% dependiente en cuanto a la importación de fertilizantes nitrogenados y otros derivados.

Eso implica repensar la política agrícola, incentivar la producción local de fertilizantes e implementación de sistemas agroecológicos, diversificar proveedores y fortalecer la investigación en alternativas más sostenibles. No es un camino fácil ni inmediato, pero es necesario si el país quiere blindarse frente a crisis internacionales que, como esta, no dependen de nuestro control. 

La lección es clara. En un mundo interconectado, las guerras ya no solo se libran en los campos de batalla. También se libran en los mercados, en las cadenas logísticas y en los costos de producción. De manera silenciosa, esta guerra tocará el bolsillo de agricultores, comercializadores y exportadores, así como el desayuno, almuerzo y cena de millones de colombianos.

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