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La urgencia de tejer de verdad “la academia, lo público y lo productivo en el Tolima”

Si queremos que el Tolima siga vendiendo, creciendo y generando oportunidades, necesitamos conocimiento aplicado a la sostenibilidad: medición, monitoreo, buenas prácticas, innovación ambiental y, por supuesto, gobernanza: reglas claras, incentivos adecuados y control efectivo.
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9 Feb 2026 - 15:36 COT por Ecos del Combeima

Por: Jonh Jairo Méndez Arteaga

En el Tolima, solemos decir, con esa sabiduría campesina, que “una sola mano no aplaude”. Y aplica perfectamente al reto más grande que tenemos por delante: convertir el conocimiento en bienestar real, medible y cotidiano.

Porque una de las misiones más importantes de las universidades hoy es ser un puente vivo entre la academia, el sector público y el sector productivo: no un saludo protocolario en un evento, sino una alianza que se traduzca en soluciones para nuestras comunidades urbanas, periféricas y rurales.  

Lo digo con la convicción de quien ha recorrido veredas, ha conversado con familias campesinas, ha escuchado a emprendedores que madrugan antes de que salga el sol y a alcaldes que hacen maromas con presupuestos apretados. Y también lo digo con una preocupación clara: el mundo ya cambió “clima, mercados, geopolítica, tecnología” y nosotros no podemos seguir respondiendo con recetas de hace veinte años. Valorar lo que nos ha funcionado, sí, pero no para quedarnos quietos, sino para modernizarlo con rigor, ciencia y sentido territorial.

El Tolima tiene renglones productivos que forman parte de su identidad y de su economía: maíz, arroz, caña, cacao y café. Pero esos sectores hoy no compiten solo por “producir más”; compiten por producir mejor, con trazabilidad, con eficiencia, con estándares ambientales, con acceso a mercados que cada vez exigen más evidencia y menos discurso.

Ahí es donde la integración real “academia - Estado - empresa - comunidades” deja de ser consigna y se convierte en estrategia. El departamento necesita proyectos que tecnifiquen y modernicen lo que ya hacemos bien, sin arrancarnos de raíz: mejoramiento de suelos, manejo hídrico, innovación en poscosecha, modelos asociativos, transformación de producto, inteligencia de mercados, y algo que a veces se nos olvida: formación para que el productor no sea el último en enterarse de los cambios del mundo.

En el café, por ejemplo, cuando el conocimiento se “aterriza”, es evidente: asistencia técnica más fina, procesos de transición hacia insumos orgánicos, fortalecimiento de biofábricas, implementación de tecnologías como silos o mejoras en el secado que reducen tiempos, bajan costos y aumentan la calidad.   Y ese salto de calidad no es un lujo: es la diferencia entre vender “grano” y vender “valor”.

Cuando el producto mejora, pasa algo bonito (y muy tolimense): se activan circuitos culturales, experiencias, rutas, gastronomía, hospedajes, cafés especiales. El territorio empieza a contar su historia, y esa historia bien narrada y bien gestionada atrae visitantes. No es “turismo por turismo”, es economía cultural y rural con identidad: la gente llega a conocer el paisaje, sí, pero sobre todo a conocer a quien lo cuida, a quien lo trabaja, a quien lo convierte en alimento, en taza, en conversación.

Y ojo: en un contexto internacional donde la autenticidad vale (y se paga), Tolima tiene una ventaja competitiva que no se improvisa: diversidad de pisos térmicos, riqueza ambiental, cultura campesina viva y una tradición productiva que merece modernización sin perder su alma.

Ahora, pongámoslo sin rodeos: sin agua no hay agricultura, sin bosques no hay agua, y sin adaptación al clima no hay futuro productivo. La integración academia-Estado-empresa no puede limitarse a la “productividad”; tiene que incluir formación comunitaria en conservación del agua, enriquecimiento forestal, recuperación de ríos y manejo responsable del territorio.  

Hoy, el mundo discute la seguridad alimentaria, la crisis climática y la sostenibilidad como temas de supervivencia. Y aunque suene duro, el mercado internacional ya está tomando decisiones con base en ello. Si queremos que el Tolima siga vendiendo, creciendo y generando oportunidades, necesitamos conocimiento aplicado a la sostenibilidad: medición, monitoreo, buenas prácticas, innovación ambiental y, por supuesto, gobernanza: reglas claras, incentivos adecuados y control efectivo.

A veces parecemos expertos en inaugurar alianzas… pero no siempre en sostenerlas. Nos falta convertir acuerdos en proyectos con metas, indicadores, financiación, responsables y evaluación. Nos falta hablar con el lenguaje de los resultados: productividad, calidad, ingresos, empleos, reducción de riesgos, impacto ambiental, permanencia juvenil en el campo.

El Tolima no necesita más “mesas” si la mesa no sirve para trabajar. Necesitamos menos reuniones de aplauso y más laboratorios abiertos, más extensión rural, más pilotos en finca, más transferencia tecnológica, más estudiantes y profesores metidos en el barro (en el buen sentido), y más empresas y entidades públicas y privadas dispuestas a cofinanciar la innovación con horizonte de mediano y largo plazo.

Una apuesta: universidad con botas, Estado con continuidad, empresa con visión

Mi invitación es sencilla y exigente a la vez:

A la academia: salir del confort del documento y entrar al reto del territorio. Docencia, investigación y extensión no son “tres cajones”; son un mismo propósito con tres caminos. 

Al sector público: planear con continuidad, priorizar lo estratégico y proteger los proyectos de la volatilidad política.

Al sector productivo: invertir en innovación y calidad como si fuera lo que es: la póliza de futuro.

El Tolima puede ser un referente nacional en articulación real, innovación rural, economía cultural y sostenibilidad climática aplicada. Pero eso no ocurre por decreto: ocurre cuando nos sentamos de verdad a construir, con la humildad de aprender y la disciplina de ejecutar.

Porque al final, lo que está en juego no es un indicador institucional. Es la vida cotidiana de nuestras familias campesinas, la dignidad del trabajo, la permanencia en el territorio y la posibilidad de heredarles a las nuevas generaciones un Tolima productivo, bello y sostenible.

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