Votar no es solo derecho: es responsabilidad informada y consciente de cada ciudadano
A poco más de un mes de las elecciones nacionales, he escuchado muchas voces que repiten, con cierta frustración, una frase que se ha convertido casi en consigna: “No me gusta la política”. A veces se añade con un suspiro: “Pues todos son iguales” o “Ninguno sirve para nada”. Es comprensible que, cuando las personas sienten que las decisiones públicas no coinciden con sus prioridades, surja la desconexión con la política. Pero aquí hay una reflexión esencial que vale la pena detenerse a considerar con seriedad: la política; entendida como el ejercicio de decidir sobre el rumbo de una sociedad, no ocurre en abstracto; ocurre cuando los ciudadanos deciden participar o abstenerse.
Decir que no gusta la política y justificar esa postura cargando culpas al conjunto de quienes están en la arena pública es, en el fondo, una forma de renunciar a la participación activa en la construcción de una sociedad mejor, porque la política no se reduce a lo que sucede en el Congreso o en los medios. La política también es decidir sobre educación, salud, impuestos, empleo formal, infraestructura, transporte, competitividad regional, desarrollo empresarial, estímulos productivos, cultura ciudadana y sostenibilidad ambiental. Todo eso, de una u otra forma, se define en procesos electorales, deliberaciones públicas y decisiones colectivas.
Y hay un dato que invita a la reflexión con base en varias elecciones recientes, la tasa de participación en procesos nacionales en Colombia ha estado rondando entre el 50% y el 60% del censo electoral habilitado. En algunos casos, incluso más baja para consultas intermedias. Es decir, cerca de la mitad de quienes tienen derecho a votar no lo ejercen. Esto no solo es una cifra sino una señal de que una parte relevante de la ciudadanía (en distintos momentos) prefiere no tomar la decisión activa de elegir, dejando ese espacio en manos de quienes sí votan.
Este fenómeno tiene consecuencias prácticas e inevitables: si un número significativo de ciudadanos decide no participar, las decisiones colectivas las están tomando quienes sí votan, con sus propias prioridades, valores y criterios. Luego, cuando los resultados se concretan y traen efectos sobre escuelas, hospitales, empleos, inversiones o servicios públicos, es común escuchar críticas. “Esto no era lo que yo quería…” Muchas veces ese reclamo tiene razón en el contenido de la decisión; otras veces el reclamo nace de no haber participado en el proceso de decisión.
Y aquí está el punto medular: estar en desacuerdo con una decisión pública no es lo mismo que no participar en la decisión. El acto de abstenerse no impide que la decisión se tome; simplemente deja el espacio en manos de otros. Eso no es ni bueno ni malo por sí mismo, pero sí es una realidad que merece mirarse con honestidad.
Más allá de frases hechas, cada ciudadano gana mucho cuando:
• se informa con fuentes confiables y diversas,
• verifica datos antes de compartir opiniones,
• contrasta propuestas con hechos y no con rumores,
• reflexiona con base en sus propios valores y prioridades,
• revisa las capacidades y desempeño real del candidat@ de su interés
• asume que su participación es parte de una responsabilidad y consciencia colectiva.
Y aquí viene otra parte que quiero subrayar con total claridad: informarse no es repetir lo que otros dicen, ni adoptar etiquetas o consignas, ni convencer a otro de votar a favor o en contra. Informarse es leer, investigar, comparar, acercarse a documentos oficiales, entender propuestas con criterio propio y actuar desde una posición consciente.
Decidir no votar también es una decisión y debe serlo deliberada, no automática o impulsiva. Pero debe ser una decisión informada, tomada con plena conciencia de lo que implica y de sus consecuencias. Lo que no es responsable es refugiarse detrás de una frase generalizada como “todos son iguales” y luego sorprenderse con los resultados que otros han decidido por uno.
En una democracia, el voto no es solamente un derecho; es también un instrumento de responsabilidad social, un mecanismo mediante el cual cada persona puede expresar, con su criterio propio, qué rumbo cree que es el más adecuado para su comunidad, su región y su país. Esa expresión se traduce en decisiones que impactan la educación, la salud, el empleo, la seguridad, la competitividad económica y la calidad de vida de millones. Y esas decisiones, para que sean verdaderamente representativas, necesitan voz informada y presencia activa de quienes conforman la sociedad.
Por eso, más que criticar, más que quejarse y más que repetir consignas, vale la pena invitar a cada lector a hacer esto:
leer por su propia cuenta,
verificar hechos en fuentes oficiales,
contrastar versiones,
y construir una opinión personal a consciencia basada en información, no en impresiones o rumores, peor aún por conveniencias…
Votar con consciencia y criterio propio es un acto de responsabilidad que va más allá de la simpatía o el disgusto por la llamada “política”. Es un acto de cuidado hacia uno mismo y hacia la sociedad en su conjunto. La democracia no se construye con quejas, se construye con información, participación y decisiones responsables y conscientes
Y esa, más que una invitación, es una deuda colectiva con nosotros mismos: informarnos, reflexionar y actuar con criterio y conciencia, porque las decisiones que tomamos o no tomamos tienen efectos reales en la vida de todos.