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Lideran más, pero ganan menos; la paradoja del emprendimiento femenino en Colombia

Una parte importante de la explicación está en las condiciones en que operan esos negocios.
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Adriana Matallana
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13 Sep 2026 - 10:21 COT por Adriana Matallana

Colombia acaba de registrar algo que no había ocurrido antes en su historia empresarial. Por primera vez, las mujeres lideran la mayoría de los negocios urbanos del país. De cerca de 1,2 millones de unidades económicas censadas en el más reciente Censo Económico Nacional Urbano, 613.000 están en manos de mujeres frente a 576.000 dirigidas por hombres. Es un dato que merece reconocimiento genuino, porque habla de un cambio real en la manera en que las mujeres colombianas están respondiendo a sus circunstancias económicas con iniciativa, con trabajo y con una capacidad de sostenerse que no siempre tiene el respaldo que merece.

Pero ese mismo dato esconde algo que incomoda y que vale la pena nombrar con la misma claridad con que se celebra el avance. Liderar más negocios no ha significado ganar más. La mediana de ingresos mensuales de los emprendimientos liderados por mujeres es de $450.000 pesos, mientras que en los negocios dirigidos por hombres llega a $820.000. Casi el doble. Y lo más revelador del análisis de la Fundación WWB Colombia, que elaboró este estudio con datos del Censo Económico y de la Gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE, es que esa brecha persiste incluso cuando hombres y mujeres desarrollan exactamente la misma actividad económica. No es una diferencia de sector ni de esfuerzo. Es una brecha que tiene raíces más profundas y estructurales  

Una parte importante de la explicación está en las condiciones en que operan esos negocios. El 88,9% de los emprendimientos liderados por mujeres no tiene Registro Mercantil. El 78% no tiene RUT. El 63% no lleva ningún tipo de registro contable. Sin esos instrumentos básicos, el acceso al sistema financiero formal es prácticamente imposible, y los números lo confirman: el 86,1% de las propietarias no solicitó financiación durante el último año, y apenas el 18,1% logró ahorrar algo. De esas, seis de cada diez guardan ese dinero en efectivo dentro de su vivienda, sin ningún tipo de protección ni rendimiento. No es que las mujeres emprendan mal. Es que están emprendiendo sin los instrumentos que cualquier negocio necesita para crecer.

Y hay un elemento que el estudio señala con especial precisión y que define quizás mejor que ningún otro dato la realidad de miles de emprendedoras en Colombia: más de la mitad de estos negocios funciona desde el hogar. El 54,3% opera en la misma vivienda donde se cuidan los hijos, los padres y el resto de la familia. Las emprendedoras colombianas dedican en promedio 7,6 horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado, frente a 2,24 horas de los hombres. Sumando la jornada del negocio y la del hogar, ellas trabajan 12 horas y 18 minutos al día, un 37,6% más que sus pares masculinos. Y ese trabajo extra no aparece en ningún balance, no genera pensión, no cotiza a salud y no se cuenta en el PIB, aunque sostiene buena parte de lo que ese PIB necesita para funcionar.

El estudio también muestra que casi la mitad de estas mujeres inició su negocio no por una oportunidad de mercado sino por necesidad económica o para complementar los ingresos del hogar. Esa distinción importa, porque define el punto de partida: una empresa que nace de la urgencia generalmente no tiene tiempo de planear, de formalizarse ni de pensar en escala. Nace para resolver el mes, y muchas veces se queda ahí, atrapada entre la necesidad de generar ingreso hoy y la imposibilidad de construir algo más sólido mañana. El 35,4% de las mujeres que son jefas de hogar y tienen un negocio propio sigue en condición de pobreza monetaria, según el mismo análisis. Tener una empresa propia, en estas condiciones, no garantiza salir adelante.

Para Ibagué y el Tolima, estos datos no son ajenos. El comercio, los servicios, la gastronomía informal, los pequeños negocios de barrio, las emprendedoras que venden por redes sociales o desde su casa son parte visible y activa de la economía local. Muchas de ellas cargan exactamente con la misma combinación de trabajo productivo y trabajo de cuidado que describe el estudio nacional, con la misma informalidad y con las mismas dificultades para dar el paso hacia una empresa más organizada y más sostenible. Reconocerlas no es suficiente. Lo que de verdad transforma su situación es acompañarlas en el proceso de formalización, acercarles herramientas financieras reales y, sobre todo, empezar a contar como trabajo lo que hoy se hace invisible.

El avance es real y merece decirse. Pero celebrar que las mujeres ya lideran más negocios sin mirar las condiciones en que lo hacen sería quedarse con la mitad de la historia. La otra mitad, la que habla de ingresos a la mitad, de jornadas dobles y de negocios sin contabilidad ni cuenta bancaria, es la que todavía está esperando una respuesta más concreta de parte del ecosistema empresarial, de las entidades de apoyo y de las políticas públicas que deberían diseñarse pensando en ellas.

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