La lluvia no tiene la culpa de todo
Cada vez que llueve con fuerza en Ibagué ocurre lo que ya debería dejar de sorprendernos: se inundan sectores, caen árboles, fallan los semáforos, se afecta el suministro de energía y se hacen monumentales trancones. El pasado viernes 2 de octubre, un aguacero acompañado de fuertes vientos y tormenta eléctrica dejó, según el reporte preliminar de la Secretaeia de Gestión del Riesgo del Tolima, siete árboles caídos, seis sectores inundados, un poste y un semáforo derribados y un incendio asociado a un transformador. Una filtración de agua obligó, además, a evacuar las ceremonias de un grado que se realizaban en el Teatro Tolima.
Fue un aguacero fuerte, sí. Pero una cosa es que la naturaleza sea impredecible y otra, muy distinta, que sus efectos lo sean. ¿Cuánto de lo ocurrido era realmente imprevisible?
Octubre no llegó por sorpresa. Según el Ideam, marca el inicio de la segunda temporada de lluvias en la región Andina. Todo eso ya estaba en el calendario, menos la preparación.
Y prepararse no es un gesto de buena voluntad: es una obligación legal. El artículo 2 de la Ley 1523 de 2012 dispone que la gestión del riesgo es responsabilidad de todas las autoridades, y la estructura en tres procesos: conocimiento del riesgo, reducción del riesgo y manejo del desastre. El último es el que se publicita y que vemos en todos los medios de comunicación, los dos primeros, son los que se hacen cuando no llueve o cuando no ha sucedido nada.
Un vendaval no se puede evitar. Que el arbolado, el alumbrado y los sistemas de de alcantarillado estén en condiciones de resistirlo, sí se puede gestionar. Basta mirar el balance de ese día: árboles caídos sobre la carrera Quinta, en las calles 10 y 19, una de las vías más transitadas de la ciudad.
Vale reconocer lo que sí funcionó. Los organismos de socorro respondieron con rapidez, no hubo heridos y la Gobernación anunció una inspección técnica del Teatro Tolima. Pero la gestión del riesgo no comienza cuando llegan los bomberos. Comienza cuando todavía no ha llovido. Una ciudad preparada no es aquella donde nunca ocurre una emergencia, sino la que consigue que cada una cause el menor daño posible.
En Ibagué sabemos que llueve, sabemos cuándo llueve, sabemos incluso dónde se inunda. El secreto mejor guardado parece ser qué se hizo entre un aguacero y el siguiente, porque gobernar también es anticiparse, ser previsivo.
La lluvia no tiene la culpa de todo. A veces el problema no está en el agua que cae del cielo, sino en lo que se deja de hacer mientras el cielo estaba despejado.