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Cuando el café de especialidad se vuelve la única salida

Lo digo sin ironía y sin ganas de bajarle el ánimo a nadie. Lo digo porque esa contradicción, fiesta arriba y números abajo, resume mejor que cualquier informe el momento que vive el cafetero tolimense.
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Suejto
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13 Sep 2026 - 9:07 COT por Omar Julián Valdés Navarro

Este fin de semana se celebra en Chaparral la cuarta versión de la Feria de Cafés Especiales del Tolima. Y mientras brindamos con taza en mano celebrando lo mejor que produce nuestra tierra, el precio de la carga de café ronda los $2,08 millones. Los costos de producción, para el cafetero que paga jornal, compra insumos y carga el café hasta la carretera, no bajan de $1,8 millones. Haga usted la cuenta: quedan $280,000 pesos de utilidad por carga. Menos de lo que cuesta llenar un tanque de gasolina. Así está el negocio.

Lo digo sin ironía y sin ganas de bajarle el ánimo a nadie. Lo digo porque esa contradicción, fiesta arriba y números abajo, resume mejor que cualquier informe el momento que vive el cafetero tolimense. Producimos uno de los mejores cafés del mundo y lo vendemos a un precio que apenas nos alcanza para seguir. Eso no es orgullo, eso es resignación disfrazada de tradición.

¿Y por qué cayó el precio? Después de dos años de cotizaciones históricas que llegaron a superar los cuatro dólares por libra en la Bolsa de Nueva York, el mercado entró en picada. El precio internacional del café es hoy un 27% más bajo que a comienzos del año. Y por si fuera poco, el peso colombiano se ha revaluado un 10,3% acumulado. Dólar barato más precio cayendo es el cóctel más amargo que puede tomarle el negocio a un cafetero.

La causa principal tiene nombre: Brasil. La depreciación del real brasileño llevó a los productores de ese país a vender todo lo que tenían almacenado de una sola vez, inundando el mercado mundial de café y hundiendo los precios. Así de simple. Así de cruel. El cafetero de Fresno, de Casabianca, de Villahermosa, que no tiene ninguna culpa ni ningún control sobre lo que pasa con el real brasileño o con los especuladores de la Bolsa de Nueva York, amaneció un día con su cosecha valiendo 27% menos. Sin aviso. Sin compensación. Sin que nadie en Bogotá saliera a explicarle qué pasó.

Eso es lo que significa depender de un commodity. Que el precio lo pone otro y uno aguanta.

Y aquí es exactamente donde entra la feria de Chaparral. Donde entra la apuesta que algunos creímos necesaria cuando en 2023 impulsamos la ordenanza departamental que garantiza que esta feria sea anual, que no dependa del humor de un gobernador de turno ni del presupuesto disponible en un año electoral. Porque creíamos, y seguimos creyendo, que el Tolima necesita un escenario permanente para diferenciarse. Para demostrarle al mundo que aquí no se produce café a secas. Se produce el mejor café.

Porque la única salida real frente a la caída del precio internacional no es esperar que Brasil deje de vender, ni que el dólar suba, ni que la Bolsa de Nueva York tenga misericordia. La única salida es dejar de jugar en la cancha del commodity y empezar a jugar en la del valor agregado.

El cafetero que produce un café con puntaje de 85 puntos o más en taza no vende al precio que pone Nueva York. Vende con una prima adicional de 20, 30 o hasta 50 centavos de dólar por libra sobre el precio base. Esa prima, que suena pequeña en centavos, es la diferencia entre perder plata y ganar plata con la misma cosecha. Con los mismos árboles. Con las mismas manos. Solo que, produciendo con más cuidado, con más conocimiento y con más identidad.

Quiero que el caficultor que está leyendo esto en Fresno, en Herveo, en Palocabildo o en el mismo Chaparral entienda algo: el mercado de cafés de especialidad no es un lujo para hipsters en cafeterías de Bogotá. Es la estrategia de sobrevivencia más seria que tiene el cafetero colombiano frente a un mercado que no lo va a proteger. Nadie en la Bolsa de Nueva York piensa en usted cuando mueve los precios. Pero el comprador de una taza especial en Tokio, en París o en Nueva York sí está dispuesto a pagar el doble. Porque ese café tiene historia. Tiene tierra. Tiene un nombre y una montaña detrás.

Eso es lo que usted tiene, caficultor tolimense.

Lo que falta es aprender a contarlo. Y para eso están las ferias. Para eso está el liderazgo de nuestra gobernadora. Para eso está la ordenanza que garantiza que ese escenario no desaparezca. Para eso está el Comité de Cafeteros del Tolima. Y para eso estamos quienes llevamos años convencidos de que el café del Tolima no merece venderse al precio que pone Brasil.

Merece venderse al precio que pone su calidad

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