Pasar al contenido principal
Econoticias y Eventos
Opinión
COMPARTIR
Se ha copiado el vínculo

Tres breves reflexiones

La situación de un alcalde que pretende utilizar una empresa de servicios públicos para apalancar su proyecto político no es nueva. Por: Paloma Valencia.
Imagen
Crédito
Kienyke
12 Feb 2021 - 12:59 COT por Ecos del Combeima

La situación de un alcalde que pretende utilizar una empresa de servicios públicos para apalancar su proyecto político no es nueva. En muchos sentidos este comportamiento sirve para explicar el estruendoso fracaso de casi todas las empresas públicas del país. Hemos visto convenciones laborales desmesuradas, creación de cargos innecesarios, personal sin capacidad técnica, corrupción y amiguismo. Es la explicación más eficaz para entender porque Colombia tuvo que buscar privatizar muchas empresas que fueron públicas.

Precisamente por eso, es tan grave lo que está sucediendo en EPM. Es un patrimonio de Antioquia y de Medellín, pero también de todos los colombianos. Está en juego la certeza de que al menos algunas empresas pueden ser viables, rentables y públicas. Las empresas públicas bien manejadas son fundamentales no solo porque generan ingresos para la región o la nación, sino porque permiten inversiones estratégicas para el país. Hay decisiones que son importantes en lo nacional, y que un privado jamás asumiría porque solo evalúa rendimientos económicos. Las empresas públicas son una herramienta para la política de provisión de bienes públicos.

No podemos permitir que el Alcalde Quintero pretenda destruir lo que se ha consolidado. Existen normas consensuales y tácitas que todos los gobernantes de la región habían respetado: NO usar políticamente EPM, cuidar su gobierno corporativo, tener personal técnico. Los argumentos que esgrime el Alcalde sobre cómo pretende “salvar” a EPM de los prósperos grupos económicos paisas, son al menos, tendenciosos. No es sino mirar los estados financieros de la empresa y su desempeño para entender que EPM ha sido bien manejada. Ojalá, Colombia entera, decida protegerla, ojalá las autoridades y el gobierno piensen en una intervención que permita garantizar que ese patrimonio público no sufra las consecuencias de volverse instrumento de politiquería.

Antes de presentar una reforma tributaria el gobierno debe presentarle al país un ambicioso plan de austeridad. Se requiere como lo expresó el presidente Uribe un congelamiento de los gastos de nómina. Más aun, se requiere reconstituir la nómina estatal. La inversión estatal debe concentrarse en obras públicas, empleo que construya país, empleo que genere riqueza: acueductos, vías, viviendas. Y no solo grandes obras sino obras de auto-construcción que vinculen a las comunidades y a las juntas de acción comunal. El país debe frenar ya el crecimiento de nómina centralista y empezar a mirar la pobreza. La pobreza exige que busquemos el crecimiento económico que permita la oferta de empleo, y principalmente atender las condiciones de vida de cada colombiano: vivienda, agua potable, luz y por supuesto, educación. No da espera.

La educación tiene que cambiar. Me duele que por decisión de Fecode los niños del sistema público no estén en clases, mientras los niños del sistema privado ya lo están. Esto aumenta la segregación social y aumenta la brecha. A los pésimos resultados de las pruebas Pisa habrá que sumarles esta educación remota que tanto rezago causará. Colombia se debe preparar para la cuarta revolución industrial. La robótica, la programación de computadores y la tecnología tienen que ser la base para el nuevo rumbo. Eso aunado a la protección de nuestros ecosistemas estratégicos y la biodiversidad representan nuestras más ciertas oportunidades. La pandemia es una pausa dolorosa pero también debe ser ocasión para revisar lo que no va bien y reconducir el rumbo.

También te puede interesar estas columnas

América Latina observa dividida entre quienes celebran la caída de una dictadura y quienes temen el retorno de la intervención como norma.

Sin duda el salario mínimo es hoy el tema más sensible del debate público, pues toca directamente millones de trabajadores y centenares de empresas especialmente las pequeñas y medianas, con estrechos márgenes de utilidad.

También es claro que el venezolano promedio huyó de su país para poder sobrevivir y tener una vida digna, y que más allá de los discursos anti imperialistas y aquellos que hablan de soberanía, lo que necesitaban era volver a creer en la democracia, en el respeto por el otro, y en la paz, aunque fuera impuesta con el accionar del poderío militar extranjero.

Cuando se confunde con destruir instituciones sin planes, el resultado son meras chambonadas. Colombia ha vivido recientemente esa confusión, y los datos, más que los relatos, así lo evidencian.

Ibagué y el Tolima pueden ser ese territorio que celebra el nacimiento de nuevas iniciativas, sí, pero que sobre todo se vuelve reconocido por algo más poderoso: empresas que duran, crecen y elevan la calidad de vida de su gente.

La respuesta corta es sencilla: no fue un año fácil. Pero, seamos honestos… ¿Cuándo lo ha sido para el campo?

¡Lo volvió a hacer! El representante a la Cámara, Gerardo Yepes hace méritos para obtener el título de indisciplinado del año al interior del partido Conservador.

¿Cómo es posible que, a pesar de contar con presupuestos, políticas y documentos que advierten sobre la importancia de tomar medidas, aún no tengamos campañas bien estructuradas para reducir el consumo de agua?

Hemos sido engañados, por altos estamentos nacionales quienes desconocen y pretenden minimizar las grandes falencias de este “antisistema de salud” fundamentado sobre la intermediación financiera.