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Un atropello más

La renuncia del presidente Uribe debe significar que su proceso pasa a la fiscalía. Esto si aún existen mínimas garantías. Dejar su curul es la forma de encontrar justicia imparcial y sin sesgo ideológico en su contra, y es una pésima noticia por lo que su pérdida significa para la democracia de nuestro país. Por: Paloma Valencia.
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Kienyke
21 Ago 2020 - 9:47 COT por Ecos del Combeima

Los actos de la sala de instrucción de la Corte Suprema de Justicia, en mi opinión, muestran ensañamiento en contra del presidente Uribe. Primero, haber legitimado las más de 21,000 llamadas telefónicas que le fueron interceptados de manera ilegal es inexplicable. Cabe recordar que en el caso del computador de Raúl Reyes no fue aceptado por la Corte. Sostuvieron entonces que los procedimientos descritos en el código penal, no se habían cumplido. De nada valió que se explicara que habían sido recogidos luego de un bombardeo, y que lo hubiera certificado la Interpol. Sorprende que las interceptaciones que supuestamente se hicieron por un error, y que por lo tanto, debieron haber sido declaradas ilegales terminaron sirviendo como prueba. Además, es extraño que, como no hay nada que comprometa el actuar de Uribe, las transcripciones contienen también errores con los que se pretende comprometer su inocencia y sean filtradas ilegalmente a adversarios políticos.

El acto de renuncia del presidente Uribe es producto de esta escalada de hechos contra su persona y su significación política. Es un atropello más de la Sala de Instrucción: el senador más votado de la historia, dejó de ser senador.  870 mil colombianos que votaron por él y que sentían que en sus palabras y en sus acciones estaban representados en el Congreso, hoy quedaron sin representación.

Precisamente por eso, se entiende el artículo 23 de la Convención Americana de Derechos Humanos que establece la protección de los derechos políticos limitando las posibilidades de restringir los mismos solo por sentencia condenatoria de juez penal competente. Ese es precisamente el argumento de la CIDH al darle la razón al senador Petro. Los derechos políticos no pueden ser suspendidos por una autoridad administrativa, como la Procuraduría y tampoco podrían ser conculcados por una decisión de detención preventiva.

Colombia está obligada por la convención que hace una ponderación muy importante. Al tomar decisiones sobre una persona que ha sido elegida por voto popular, los derechos de los electores son los que más pesan. El daño que sufren los ciudadanos que eligieron con su voto legítimo a quien en la democracia es su representante, es muy grande. La representación política no es un tema menor. Representa la confianza de los ciudadanos en el sistema. Es su manera de participar y de expresarse. La representación política es el inicio de todo el aparato estatal. Es el significado más básico de la democracia. Si las elecciones de los ciudadanos pueden ser limitadas por autoridades en decisiones menores, los derechos del ciudadano y la democracia misma se ponen en riesgo; por eso el artículo 23 de la Convención es claro, solo por sentencia penal condenatoria.

Se insiste en la necesidad reformar las instituciones y las normas de manera que se cumpla con este artículo 23. Aquello no es una reforma legal o constitucional menor. Es el cambio sustantivo de los equilibrios de poderes. Si la Constitución del 91 fue incipiente a la hora de equilibrar las cargas, asumir en toda su amplitud el artículo 23 exigirá una constituyente. Veremos si ahora, cuando se trata de Petro y de la izquierda, la idea –que como he dicho no es nuestra- les parece tan mala, como cuando la propone el uribismo.

#UribeLibre
Paloma Valencia

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Debo confesar algo con toda la honestidad del mundo: cuando empezaron a hablar de las APPA en el Tolima, yo también tuve que googlear.

Colombia arrancó un nuevo ciclo político esta semana. Pero hay otro tema y realidad que no espera y en el que debemos tomar acción.

Con la posesión del nuevo Gobierno Nacional comienza también la construcción del Plan Nacional de Desarrollo como el instrumento de política pública más importante para orientar el rumbo económico y social del país durante los próximos cuatro años.

Aquí está probablemente la herencia económica más complicada del gobierno Petro. Se quiso construir un Estado capaz de garantizar más derechos, entregar más subsidios y asumir mayores responsabilidades sociales, pero no se consiguió construir al mismo ritmo la economía productiva capaz de financiarlo.

En medio de todas las locuras que aquí suceden, realmente somos unos afortunados, pues una vez más se demostró que Colombia es un país de instituciones fuertes y sólidas.

Ha pasado más de un mes y por el momento, no conocemos la voz de la nueva directora de Espacio Público, ni las estrategias con las que la ya no tan nueva funcionaria debe enfrentar dicha problemática, que como dije anteriormente, pareciera reducirse solamente a la ocupación de la mal llamada “calle bonita”.

Le pido a Dios, que me acompañe en esta tarea y que pueda hacer todo de sí, en beneficio de mi país. Y como dicen en la linda tierra que me acogió cuatro años, “arrieros somos y en el camino nos vemos”.

Las medidas cautelares adoptadas por el Consejo de Estado, en el estudio de la demanda contra el decreto mediante el cual se fijó el salario mínimo para el año 2026, solo confirman una cosa: la ligereza que ha caracterizado a este gobierno cuando de sustentar legalmente sus actuaciones se trata.

¿Cómo es posible que, a pesar de contar con presupuestos, políticas y documentos que advierten sobre la importancia de tomar medidas, aún no tengamos campañas bien estructuradas para reducir el consumo de agua?

Hemos sido engañados, por altos estamentos nacionales quienes desconocen y pretenden minimizar las grandes falencias de este “antisistema de salud” fundamentado sobre la intermediación financiera.