Universidad del Tolima: enseñar y servir son la misma cosa
Por: Juan David Gómez González
Hay un momento, en toda emergencia, en que el humo deja de ser noticia y se vuelve aire. Ya no se ve en la pantalla: se respira. Se mete en la ropa, en el pelo, en la garganta de los que subieron a la montaña sabiendo que el fuego no distingue coraje de imprudencia. De ellos quiero escribir. No del fuego, que ya tuvo demasiadas cámaras encima. De los que le pusieron el cuerpo.
Porque mientras medio país opinaba desde la comodidad de una pantalla (y opinar es legítimo, pero es barato), en San Luis, en Ortega, en Suárez, en Carmen de Apicalá, en Chaparral, había gente real haciendo cosas reales. Gente cuyo nombre no saldrá en ninguna columna, ni en esta, porque son demasiados. Y sin embargo son ellos, y no la indignación de las redes, los que merecen que alguien se detenga a nombrarlos.
Pienso en los bomberos. En los de aquí y en los que vinieron de lejos, de Bogotá, de Melgar, a relevar a cuerpos que llevaban días sin dormir. El bombero es una figura extraña en nuestra escala de valores: le pagamos poco o nada, lo aplaudimos cuando arde algo y lo olvidamos cuando llueve. Pero el bombero no olvida. Vuelve cada temporada seca a hacer el trabajo que nadie más quiere, con equipos que muchas veces él mismo remienda, contra un fuego que este año llegó con una furia distinta: la tierra a más de doscientos grados, vientos de treinta kilómetros por hora empujando las llamas cuesta arriba, la sequía del Niño convirtiendo cada ladera en yesca. Contra eso subieron. Con eso pelearon. Y muchos ganaron, hectárea por hectárea, en una aritmética silenciosa que nadie celebró con la intensidad con que se celebra un gol.
Pienso en los socorristas, en la Cruz Roja, en la Defensa Civil, en esos voluntarios que no cobran, que dejan su trabajo o su familia por unos días y aparecen donde hace falta con lo que tienen. He estado cerca de esa entrega y sé que no es heroísmo de película: es más bien terco, humilde, cansado. Es el que reparte agua, el que carga al que se desmayó por el calor, el que sostiene la mano de una señora que vio arder el rancho donde crió a sus hijos. Ese gesto no cabe en una estadística de hectáreas afectadas. Pero es el que sostiene el tejido de un pueblo cuando todo lo demás se quema.
Pienso en los campesinos que no esperaron a nadie. En los que agarraron una fumigadora de espalda, la misma con que echan veneno a los cultivos, y la llenaron de agua para atacar el conato antes de que creciera. Herramienta pobre para tarea grande, y aun así allí estaban, defendiendo lo suyo y lo del vecino, porque en la vereda el vecino es una extensión de uno mismo. Pienso en las cocinas comunitarias que se armaron de la nada, en las mujeres que amasaron y frieron para alimentar a los que peleaban, porque a un incendio también se le combate con arroz caliente y con café. Nadie las filmó. Nadie hace un pódcast sobre ellas. Y sin embargo sin esas ollas no hay brigada que aguante.
Y pienso en mi Universidad del Tolima. Porque una universidad pública no es solo aulas y diplomas: es una casa que le pertenece a la región y que, cuando la región arde, tiene el deber y la vocación de estar. La UT estuvo. Estuvo en sus estudiantes que se sumaron a las jornadas de recolección, en sus profesores y funcionarios que abrieron las puertas de la institución para acopiar y encauzar ayudas, en el conocimiento técnico que una universidad puede poner al servicio de un territorio en crisis. En un país donde a veces se mira a la universidad pública como una isla ajena a los problemas de la gente, el Alma Máter de los tolimenses demostró lo contrario: que su lugar natural, cuando el pueblo sufre, es al lado del pueblo. Esa solidaridad, silenciosa y sostenida, también merece ser nombrada. Gracias a quienes, desde la universidad, entendieron que enseñar y servir son la misma cosa.
Pienso, en fin, en las alcaldías pequeñas, en funcionarios de municipios que la mayoría del país no sabría ubicar en un mapa, tomando decisiones para las que ningún manual los preparó. En el alcalde de San Luis diciendo, con la voz quebrada, que era la mayor tragedia ambiental en la historia de su municipio. Detrás de esa frase hay noches sin dormir, llamadas desesperadas, la angustia de gobernar sobre las brasas. Pienso en el Ejército y la Policía que mandaron hombres y aeronaves, en los pelotones que llegaron de otras partes, en la gobernación coordinando lo que se podía coordinar en medio del caos. Se puede discutir si fue suficiente (siempre se puede) pero no se puede negar que se movieron. Y en un país acostumbrado a la parálisis, moverse ya es algo.
Discierno, porque la sensibilidad sin criterio es sentimentalismo. No todo salió bien. Llegamos, como llegamos casi siempre, a reaccionar y no a prevenir. Faltó dotación, faltó anticipación, faltó que la coordinación que esta vez existió estuviera garantizada por una estructura y no por la buena voluntad de los que estaban ahí. Todo eso es cierto y habrá que decirlo, con calma, cuando pase el humo. Pero hoy no quiero hablar de lo que faltó. Quiero hablar de lo que sí hubo, porque de eso casi nadie habla, y porque una comunidad que solo sabe señalar sus carencias termina ciega ante su propia grandeza.
Y hubo grandeza. La hubo en cada persona que eligió acercarse al fuego en vez de alejarse. En un tiempo donde el gesto más común frente a la tragedia ajena es escribir un comentario y seguir de largo, hubo miles de tolimenses que hicieron lo contrario: dejaron el teléfono y agarraron la pala. Esa es la noticia que ninguna pantalla dio. No el desastre, sino la respuesta. No las hectáreas perdidas, sino la humanidad ganada en cada ladera defendida a punta de sudor.
Cuando por fin llegaron las primeras lluvias, dicen que la gobernadora las celebró como una niña. Me gusta esa imagen, no por ella, sino por lo que revela: que después de tantos días de fuego, el agua se sintió como un perdón. Pero yo sé (y lo saben todos los que subieron) que la lluvia no apagó el incendio. Lo apagaron ellos. La lluvia solo llegó a bendecir un trabajo que ya estaba hecho por manos humanas, cansadas, tiznadas, anónimas.
A esas manos va esta columna. A los brigadistas, a los socorristas, a los campesinos, a las cocinas, a mi Universidad del Tolima. No para consolarlos, que no lo necesitan. Para nombrarlos, que es lo único que un país olvidadizo puede ofrecerles a cambio de tanto. Subieron a la montaña cuando la montaña ardía. Bajaron distintos. Y nosotros, los que mirábamos desde abajo, les debemos por lo menos esto: la memoria de que estuvieron ahí. Gracias.