Colombia y la política del espectáculo: entre redes, influencers, polarización y poder fragmentado
Las recientes elecciones a Congreso dejaron algo más que un nuevo mapa de curules en el Senado y la Cámara de Representantes. Dejaron, sobre todo, una señal clara, la política colombiana está cambiando en sus formas, en sus protagonistas y en la relación entre los ciudadanos y el poder. Lo que vimos en las urnas el pasado domingo no fue simplemente una elección legislativa; fue una radiografía del país político que se está configurando de cara a la próxima elección presidencial.
El primer dato relevante es el equilibrio de fuerzas. Aunque el Pacto Histórico logró consolidar su crecimiento electoral, los resultados muestran algo más complejo, existe un empate técnico entre los bloques de izquierda y derecha. Ninguno logró una hegemonía clara. En términos de ciencia política, Colombia parece haber entrado en una fase de equilibrio competitivo, donde ningún proyecto político tiene la fuerza suficiente para gobernar sin negociar o sin construir coaliciones.
Sin embargo, el cambio más profundo no está solo en la correlación ideológica, sino en la forma misma de hacer política. Estas elecciones confirmaron el ascenso de figuras que provienen más del mundo digital que de las estructuras partidistas tradicionales. Influencers, creadores de contenido, “elefantes blancos” y personajes con alto reconocimiento mediático lograron convertirse en actores electorales reales. En algunos casos incluso alcanzaron votaciones que antes solo estaban al alcance de maquinarias regionales o clanes políticos con décadas de poder.
Este fenómeno refleja una transformación que no es exclusiva de Colombia, pero que aquí empieza a consolidarse con fuerza. La política ya no se construye únicamente en directorios partidistas, reuniones comunitarias, líderes políticos o estructuras territoriales. Hoy se construye también en redes sociales, en plataformas digitales y en espacios de comunicación directa con los ciudadanos. La visibilidad mediática se ha convertido en un capital político tan importante como la estructura electoral.
Este proceso de transformación tiene dos caras. Por un lado, abre la puerta a una democratización del acceso al poder, permitiendo que nuevas voces, especialmente jóvenes, ingresen al escenario político. Por otro lado, se plantea una pregunta inevitable ¿La popularidad digital garantiza capacidad legislativa? La política del siglo XXI premia la visibilidad, pero gobernar sigue requiriendo conocimiento institucional, capacidad de negociación y comprensión profunda del Estado.
Al mismo tiempo, es evidente en todo el país que varios caciques políticos comienzan a perder terreno. No han desaparecido y seguramente no lo harán pronto, pero su dominio o liderazgo ya no es absoluto. Las maquinarias tradicionales siguen teniendo peso, especialmente en regiones, pero el electorado urbano y joven parece cada vez menos dispuesto a seguir estructuras o jerarquías políticas heredadas.
Otro elemento que dejaron estas elecciones es el debilitamiento del llamado centro político. Durante años se habló de una gran franja moderada capaz de equilibrar la polarización entre izquierda y derecha. Sin embargo, los resultados muestran que ese espacio sigue fragmentado y con dificultades para consolidar liderazgos fuertes. Paradójicamente, dentro de ese mismo escenario aparece una figura que comienza a generar empatía en sectores moderados como lo es Juan Daniel Oviedo, quien ha logrado conectar con votantes que buscan una alternativa distinta a la confrontación ideológica permanente.
Desde la perspectiva de la ciencia política, lo que está ocurriendo puede interpretarse como un proceso de reconfiguración del sistema de partidos. Los sistemas políticos no son estáticos; evolucionan cuando cambian los medios de comunicación, los liderazgos y las expectativas sociales. En Colombia, la combinación de redes sociales, desconfianza en las élites o estructuras tradicionales y una ciudadanía cada vez más informada está produciendo una política más volátil y menos predecible.
Las elecciones legislativas sirven como un termómetro del poder político rumbo a la elección presidencial. Más que definir únicamente curules, permiten medir la capacidad real de movilización de los diferentes bloques ideológicos. En sistemas electorales como el colombiano, donde el umbral y la redistribución de votos pueden alterar la correlación de fuerzas, la fragmentación política termina beneficiando a quienes logran organizar mejor su votación.
El Congreso elegido no solo refleja el país político que vota hoy; también anticipa el país que decidirá su próximo presidente. Con un escenario de empate entre bloques ideológicos, una derecha que intenta reorganizarse, una izquierda consolidada, pero sin mayoría absoluta y un centro que aún busca liderazgo, es probable que Colombia vuelva a enfrentar una elección presidencial altamente polarizada, muy similar a la de 2022.
La gran incógnita es si esta nueva política más digital, más mediática y menos controlada por las estructuras tradicionales producirá gobiernos más eficientes o simplemente nuevas formas de populismo electoral. La renovación generacional puede traer aire fresco a la democracia, pero también exige mayor responsabilidad y preparación institucional.
Lo bueno de todo esto es que la democracia sigue viva y en movimiento. Lo preocupante es que aún no sabemos si esta nueva forma de hacer política traerá mejores liderazgos o simplemente cambiará los protagonistas de los mismos problemas de siempre.
La pregunta de fondo es: si la política tradicional está cambiando tan rápido, ¿también cambiará la forma de gobernar?