Alcaldia
  |   13.Noviembre.2016   |   Por:  
Yudy Lorena Vallejo

Armero pueblo querido, vivirás para siempre

Aranzalez
Esta crónica nació del esfuerzo del grupo periodístico de Econoticias, que viajó hace un año a Armero para vivir la conmemoración de los treinta años de la tragedia que marcó la historia del Tolima, Colombia y el Mundo.
Velotax

Un camino lleno de fango a través de una inmensa vegetación verde en la cual resaltan pequeños espacios blancos que se alzan en forma de cruces, el ambiente envuelto en una tenue niebla, un profundo silencio que ni siquiera es interrumpido por el sonido de los pájaros y un sentimiento de tristeza mezclada con nostalgia entre pecho y espalda, es lo que encontramos al iniciar la peregrinación por el Campo Santo en que se convirtió el desaparecido Armero. 

Son casi las seis de la mañana y a lo lejos se vislumbran los primeros rastros humanos, en lo que fuera un día el reconocido parque de un municipio próspero y alegre, se empiezan a reunir pequeños grupos de vendedores con sus veladoras, escapularios y un sinfín de alimentos que me recuerdan las fiestas de la Virgen del Carmen de mi pueblo. 
Hace un año el equipo periodistico de Ecos del Combeima visitó Armero para conmemorar los 30 años, muchos de nosotros aún no nacíamos cuando sucedió la tragedia o éramos muy pequeños para recordar por lo que crecimos a la sombra de la memoria de aquellos que sí tuvieron el infortunio de vivirla. Don Arnulfo Sánchez nuestro director y uno de los periodistas más reconocidos del Tolima, fue una de esas personas que le vio de frente la cara a la muerte en esta tragedia, su mirada profunda y silenciosa recorre el lugar con una tristeza sobrecogedora como si intentara al mismo tiempo recordar … y olvidar. 

En ese momento recordé las palabras de don Arnulfo en aquella primera crónica que escribió al llegar a Armero luego de la avalancha: “Encontramos gente que se la tragaba el barro. Movían las manos desesperadas pidiendo auxilio y se convulsionaban con desesperación. Impotentes mirábamos el espectáculo de la muerte” y por primera vez contemplando las ruinas entendí por qué cada vez que hablaba de Armero se le aguaban los ojos. 

Nuestros pasos estaban ansiosos por llegar a aquel lugar, aquella tumba símbolo de la tragedia pero más allá de eso símbolo de la esperanza y la fortaleza, la fortaleza que les permitió a los sobrevivientes seguir ‘sobreviviendo’ pese a que el “León Dormido” les enterró el corazón en Armero aquel 13 de noviembre. 
Pequeñas velas ardían incesantes e iluminaban el camino de flores, juguetes y placas de agradecimiento que en el trascurrir de 31 años los peregrinos han ido obsequiando a la pequeña valiente, el ángel que enfrentó la agonía con la preocupación de no llegar a tiempo a clase de matemáticas y a la muerte, con el único temor de dejar a su madre sola. La promesa de la vida murió aquel día en medio del fango que se hizo más espeso por las lágrimas. 

La fotografía que cuelga a pocos metros de su tumba la muestra con un vestido azul de baile y con el rostro bañado de alegría, un sentimiento que embarga a los visitantes porque pese a que las tumbas son símbolos de tristeza, ésta en especial solo trasmite inocencia y esperanza. 
Cuando regresamos al centro de Armero éste se encuentra lleno de personal de la Defensa Civil, los Bomberos, la Cruz Roja y el Ejercito, estos héroes silenciosos que con su trabajo desinteresado le arrancaron al fango cerca de 5.000 almas, se mueven en pequeños grupos organizando aquí y allá los detalles que le permitirán a los visitantes mantener vigente en sus memorias que la fuerza de la naturaleza es imponente y no se detiene ante nada.   

Son las nueve de la mañana y decenas de familias se postran frente a las tumbas, algunos les hablan a sus muertos mientras arreglan las flores frescas que trajeron para ellos, les cuentan detalles de su vida diaria y les sonríen afectuosos, otros por el contrario solo miran en silencio y por sus mejillas corren las amargas lágrimas de una herida que no cicatriza. Cada uno de estos sobrevivientes tiene una historia diferente pero todos hacen parte del mismo milagro, son una inspiración tan grande para el mundo que 31 años después muchas personas ajenas a la tragedia aún se reúnen en las ruinas como un gesto de solidaridad y respeto.

Las horas se van entre historias y añoranzas, los armeritas comparten con amabilidad con los visitantes y pese a sus tristes relatos su voz no pierde el orgullo de quien regresa a casa porque el Armero del algodón, el ganado y las sonrisas amplias, vivirá para siempre en la memoria del mundo y en el corazón de las pasadas, presentes y futuras generaciones colombianas.