Ministro, evitemos la caída del arroz, que nuestros empresarios rurales lo están esperando
Esta semana el ministro Dangond hizo algo que hay que reconocer: se sentó con los arroceros de Casanare, miró de frente una deuda de $471.000 millones y se comprometió a buscar salidas viables a la situación. Después de cuatro años de un gobierno que le dio la espalda al productor y a la cadena productiva, ver a un ministro llegar con la manga arremangada es una buena señal. Y uno, que lleva tiempo escribiendo que al campo le sobra discurso y le falta acción, tiene que ser justo cuando alguien actúa.
Pero vamos a ser sinceros: el problema del arroz no es solo de Casanare. En el primer semestre de 2026, el sector cayó de 998.837 toneladas a 876.400. Ciento veintidós mil toneladas menos. Y en el Tolima, que es la segunda cadena arrocera del país con entre 92.000 y 96.000 hectáreas sembradas al año, el silencio de las mesas de negociación se siente igual que el ruido del paro que nos bloqueó las vías hace un par de años. El arrocero del Espinal, del Guamo, de Saldaña y de Purificación todavía está esperando que alguien lo llame.
Hay algo más que no puedo dejar guardado, ministro. Usted llegó a este cargo con una hoja de vida sólida y con el respaldo de quienes creemos que el campo necesita alguien que lo conozca desde adentro. Pero tuvo una salida en falso y quedó con el pie torcido cuando dijo que la palabra campesino era despectiva y que había que llamarlos pequeños empresarios del campo. Dejemos a un lado que un juez lo obligó a retractarse en 48 horas. No lo traigo a presente para revivir la polémica. Lo traigo porque el arrocero tolimense no tiene tiempo para debates de nombre y lo que menos le interesa es si lo llaman campesino, productor rural o cualquier otra cosa. Él necesita que le funcione el negocio. Y si usted quiere que lo llamen empresario, primero ayúdele a que produzca como uno.
Ahora bien, el reperfilamiento de deudas que anunció para Casanare es necesario y está bien. Pero es un paño de agua tibia si no va acompañado de lo que realmente rompe el ciclo. Reperfilar es darle más tiempo al productor para pagar lo que debe, pero no le resuelve por qué sigue endeudándose cada seis meses. El arrocero tolimense lleva décadas atrapado en la misma trampa: cosecha, vende húmedo al molino al precio que el molino le quiera pagar, no le alcanza para los insumos, pide otro crédito y vuelve a sembrar. Es un ciclo que se repite y que ningún acuerdo de plazo rompe si no se transforma la cadena de fondo.
Lo que el Tolima arrocero necesita, ministro, son tres cosas concretas. Primera, infraestructura de secado y almacenamiento en manos de los productores. El arrocero que puede secar su propio grano no tiene que vender el día que corta. Puede esperar el precio, puede negociar, puede dejar de ser el más débil de la cadena. Segunda, frenar el contrabando que inunda el mercado y no le permite al productor una sana competencia. Mientras por las fronteras siga entrando arroz sin control, cualquier esfuerzo de organización interna de la cadena choca contra una competencia desleal que ningún productor legal puede ganar. Y tercera, planificación de cosechas. Cuando el Tolima y los Llanos cortan al mismo tiempo el precio se desploma porque el mercado se inunda. Eso no es un fenómeno natural. Es una falta de coordinación que se puede resolver con datos, con voluntad gremial y con un Ministerio que lidere esa conversación.
El sector del arroz del Tolima no necesita que lo salven. Necesita que no lo sigan dejando solo.
Ministro Dangond, lo de Casanare estuvo bien. Ahora venga al Tolima. Aquí también siembran arroz. Y llevan esperando esta conversación más de una cosecha.