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El fentanilo, la droga mortal que ya está en Colombia: ¿Qué tan cerca está de sus hijos?

Y aquí quiero hablarles directamente a los padres de Ibagué y del Tolima. Sería ingenuo pensar que nuestras ciudades están blindadas frente al narcotráfico.
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11 Oct 2026 - 8:23 COT por Alejandro Rozo

Imagine recibir una llamada de madrugada; su hijo salió a una fiesta, compartió con sus amigos y decidió probar una sustancia que le ofrecieron como tusi. Minutos después, alguien intenta desesperadamente despertarlo. Nadie imaginó que aquella mezcla pudiera contener un opioide capaz de detener su respiración. Lo que comenzó como una noche de diversión podría terminar en una sala de urgencias o en una tragedia familiar. No es el argumento de una película de terror; es una amenaza real que Colombia necesita enfrentar antes de que sea demasiado tarde.

El fentanilo es un opioide sintético utilizado legítimamente en medicina para tratar dolores intensos y en procedimientos anestésicos. Pero su fabricación y comercialización ilegales han provocado una de las mayores tragedias sanitarias de Estados Unidos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), en 2023 se registraron aproximadamente 75.000 muertes por sobredosis relacionadas con opioides sintéticos, principalmente fentanilo. En 2025 la cifra provisional descendió a unas 38.000. Son números estremecedores; padres que enterraron a sus hijos, niños que quedaron huérfanos y familias que vieron a sus seres queridos perder la salud, la autonomía y, demasiadas veces, la vida. Una generación de hogares marcada por una droga que convirtió la desesperación en tragedia cotidiana.

Buena parte de esta catástrofe está vinculada al narcotráfico internacional. Organizaciones criminales mexicanas, particularmente el Cartel de Sinaloa y el Cartel Jalisco Nueva Generación, han sido señaladas por las autoridades estadounidenses como protagonistas de la producción y distribución de fentanilo ilícito. Un negocio que transformó el mercado de las drogas; pequeñas cantidades de una sustancia extremadamente potente pueden comercializarse clandestinamente, mezclarse con otros productos y provocar sobredosis entre personas que jamás pretendieron consumir opioides.

Colombia ya aparece en este escenario. Investigaciones periodísticas han revelado la presencia de ampollas de fentanilo en poder de estructuras disidentes vinculadas a Iván Márquez y posibles desvíos de medicamentos hacia circuitos criminales. ¿Estamos ante organizaciones ilegales que buscan diversificar sus negocios hacia sustancias capaces de provocar una crisis sanitaria todavía más difícil de controlar?

Pero el peligro más cercano para nuestras familias podría estar en el mercado de las llamadas drogas recreativas. El tusi, conocido popularmente como cocaína rosada, frecuentemente contiene mezclas variables de ketamina, MDMA y otras sustancias. Su color, presentación o nombre comercial no garantizan absolutamente nada sobre su composición. Las alertas sobre la posible presencia de fentanilo en estas mezclas deben tomarse con enorme seriedad, porque un joven puede consumir una sustancia creyendo que sabe lo que está tomando, cuando en realidad desconoce por completo qué está introduciendo en su organismo.

Y aquí quiero hablarles directamente a los padres de Ibagué y del Tolima. Sería ingenuo pensar que nuestras ciudades están blindadas frente al narcotráfico. Aunque todavía necesitamos pruebas toxicológicas para establecer si el fentanilo está siendo incorporado a las drogas comercializadas localmente, la amenaza merece atención inmediata. Podría estar más cerca de nuestras familias de lo que imaginamos; en una discoteca, una reunión universitaria o incluso en la fiesta de graduación o “prom” de nuestros hijos. La ausencia de información no puede justificar la indiferencia.

Lo verdaderamente aterrador es que el fentanilo ilícito puede provocar una sobredosis mortal incluso cuando la persona desconoce su presencia en la sustancia consumida. Su potencia puede ocasionar una depresión respiratoria grave, pérdida de conciencia y muerte. También puede generar dependencia, aunque una sola exposición no significa inevitablemente una adicción permanente. El peligro inmediato es todavía más cruel, un joven puede perder la vida en su primera experiencia, sin haber tenido siquiera la oportunidad de comprender lo que consumió. Existen medicamentos como la naloxona, capaz de revertir temporalmente una sobredosis por opioides si se administran oportunamente, pero ninguna familia debería depender de semejante carrera contra el reloj.

Colombia necesita fortalecer la vigilancia toxicológica, controlar el desvío de medicamentos, investigar las redes criminales y preparar sus servicios de urgencias. Los colegios, universidades y autoridades territoriales deben desarrollar estrategias de prevención basadas en información científica, sin estigmatizar a los jóvenes ni esperar que aparezcan estadísticas de mortalidad alarmantes para comenzar a actuar. La prevención no puede empezar cuando los hospitales se llenan ni cuando los cementerios comienzan a contar las víctimas.

Padres de familia, hablen con sus hijos, conozcan sus entornos, escúchenlos y adviértanles que ninguna droga comprada en la calle garantiza lo que contiene. El fentanilo ya es una realidad en Colombia y tenemos la oportunidad de enfrentar sus riesgos antes de que se conviertan en una tragedia de mayores proporciones.

Porque ninguna fiesta, ninguna curiosidad y ninguna noche de diversión deberían terminar con una silla vacía en la mesa de una familia. No esperemos a que la próxima noticia tenga el nombre de alguien que amamos.

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