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IBAGUÉ - COLOMBIA, 17.Febrero.2019
  |   09.Febrero.2019   |   Por:  
Luis Guillermo Echeverri Vélez

 Agua y Aceite no mezclan

Luis Echeverri
Crédito: 
Tomada de internet
Este documento tiene por objeto demostrar cómo el grado de cultura, la educación, la ética y la honorabilidad de quienes tomen las decisiones en las comunidades, en los países y en el mundo, son los factores determinantes para saber si nuestra civilización actual, sometida a un ámbito donde el cambio es la única constante, va a ser capaz sobrevivir utilizando los avances tecnológicos actuales y futuros para progresar. De lo contrario, el mundo está adportas de un proceso autodestructivo.

En este momento, Colombia tiene todo en la mano para que definanos de una vez por todas si lo que queremos es cultura y progreso, basado en desarrollo económico regional, o quedarnos metidos en debates y negociaciones ilusas con criminales, que solo le sirven a quienes pescan en río revuelto y a los que tienen con que andar por el mundo presumiendo de sus esfuerzos de falsa paz.
 
Es así de simple. Tal y como agua y aceite no mezclan -y si convergen en el mismo recipiente lo oxidan y lo deterioran hasta dejarlo inservible-democracia y terrorismo no mezclan; cultura y drogas, tampoco.

Forzar una democracia a convivir con el ejercicio del terrorismo no tiene justificación alguna. Ello degenera en complicidad del Estado con el crimen organizado, tal como ocurrió en Colombia cuando se le quiso hacer creer al mundo entero que era procedente someter nuestra Constitución al laboratorio absurdo del intento de paz, bajo la guía intelectual de la dictadura castrense, con la garantía del dictador Hugo Chávez, la doble moral escandinava y la torcida influencia de los abogados españoles afines a la condonación del terrorismo etarra.

No podemos seguir comiendo nube, cuando tenemos la oportunidad de construir un mejor futuro. Un futuro en base a efectividad en el desarrollo y no a la preconcepción ideológica de los temas. El acuerdo de cuba ignoró deliberadamente dos aspectos relacionados con valores democráticos fundamentales: la rigurosidad que exige el tratamiento penal a los crímenes de sangre o de lesa humanidad, y el efecto perverso del narcotráfico en nuestra sociedad. 

El pacto de La Habana “amarró los gatos con longaniza”. Se hizo caso omiso del verdadero fondo del problema o asunto a tratar. Una negociación seria debía empezar por la renuncia a la comisión de delitos de lesa humanidad, a la producción de coca, al narcotráfico y a los delitos con los cuales financian todas sus actividades. Se ignoró el hecho de que el crimen organizado nunca ha tenido su negocio a la venta. Y como si fuera poco, Santos les dio una tregua de ocho años para que, mientras él engañaba al pueblo y al mundo con una ilusión de paz y se colgaba la medalla, los narcoterroristas incrementaron sus actividades de destrucción ambiental; de ataque a la infraestructura energética; infiltraron las instituciones educativas, normativas, judiciales y legislativas, y expandieron su monopolio de cultivos ilícitos, producción, tráfico y venta de estupefacientes, minería ilegal, secuestro y extorsión sistemática al campesinado y a las empresa agroindustriales.

El tal acuerdo se fundamentó en la falsa premisa de la conexidad de los delitos de lesa humanidad con los delitos políticos justificados por el derecho de rebelión, el estatus de beligerancia, el concepto equivoco de conflicto armado, y la dicotomía entre la paz y guerra, sin referencia a actividad criminal o delictiva alguna y sin considerar realmente a las verdaderas víctimas; cosas que no aplican ni mezclan con el concepto republicano de un estado democrático.

El acuerdo entre los hermanos Santos y las FARC-EP al final solo demostró ser el sometimiento de la independencia de la justicia ordinaria, que se fundamenta en la igualdad del ser humano ante la ley y la instauración de una instancia judicial paralela en la cual hay ciudadanos (criminales) de mejor derecho, y otros (personas de bien) de menor derecho.

Finalmente, Colombia terminó cargando con la costosa jubilación de 20 criminales, gordos, llenos de territorios, propiedades y millones de dólares mal habidos, con ambiciones de poder iluminadas por el ejemplo castrochavista; que tan pronto no pudieron consolidar una victoria política en cabeza de un exguerrillero, regresaron en su mayoría a la clandestinidad. Otros pocos, que desde el parlamento o del limbo sostienen su táctica de lucha por el poder paralela a la armada - mediante continuos intentos de diálogo y que son también a quienes hoy algunos medios pretenden comparar con bondadosas abuelitas encariñadas de un perrito faldero.
  
Cuando al péndulo de la democracia se le ultraja y se le fuerza a un extremo, resulta en la agudización degenerativa de  la anarquía, adportas de un totalitarismo, y se destruyen los principios constitucionales de legalidad, garantías y libertades sociales, independencia de poderes y valores democráticos, que derivan de los pactos sociales republicanos con tradición y mecanismos electorales representativos.

Así mismo, el nivel de cultura de una sociedad se ve derruido aceleradamente por la coexistencia o mezcla inconveniente de la normatividad penal con la permisividad con la producción, la distribución, el trafico, la venta y la utilización de drogas y sustancias psicoactivas.

El crecimiento de una cultura de utilización de todo tipo de drogas, además de degenerar y condenar a la mediocridad o a la autodestrucción a las nuevas generaciones, siempre esconde ilegalidad, y un deterioro social que resulta en la complicidad del Estado con la comisión de actos violentos, el ejercicio de terrorismo y la dolorosa perdida de muchas vidas. 

El Estado tiene que estar claro, si quiere una nueva generación de “zombies” adictos a las drogas desde la infancia, o queremos generaciones pujantes de personas cultas que le reporten progreso a sus comunidades.

Es importante entender que más del 85% de los homicidios se comenten bajo la influencia de alguna sustancia que altera el cerebro humano y por tanto el comportamiento de las personas. Como dice el refrán antioqueño: “Un bobo toreado, mata la mama”. Y es que no es lo mismo decirle a alguien que esté en sano juicio que cometa un crimen o mate a otro ser humano, que utilizar argumentos y motivos inductivos que lleven a cometer un crimen a una persona que esté bajo la influencia de cualquier sustancia que altere su mente y su comportamiento.

Ahora bien, lo anteriormente descrito se agrava cuando los niveles culturales de las personas son bajos y están sometidos a las circunstancias complejas propias de los estratos socioeconómicos con menor ingreso, llenos de dramas como lo son la pobreza y la indigencia, pues sus situaciones de vida los llevan a asociar el consumo de drogas o alcohol, con un alivio de los aspectos de sufrimiento y miseria en los que viven. Esto empeora cuando el referente educativo es ser víctima de violencia física o sexual traumática durante la niñez, o de haber tenido algún tipo de deficiencia alimentaria desde la concepción y al menos hasta los cinco primeros años de vida.

Y tengamos en cuenta que, en el caso de Colombia, se sabe que anualmente se reportan entre quinientos mil y un millón de casos de niños que sufren violencia traumática física o mental. Mientras, la institucionalidad actual del estado y de las ONG dedicadas a atender estos casos escasamente tienen la capacidad de tratar psicológicamente diez mil pacientes por año. Y no hablamos propiamente de una pela correctiva, un pellizco, un coscorrón o un par de gritos, hablamos de episodios traumáticos reales, que en un 70% son violaciones sexuales, y en el 30% remanente son otros actos violentos. 

Después de esta descripción cruda de la realidad social que vivimos, pensemos que la droga por su condición inherente a la ilegalidad conlleva indefectiblemente al ejercicio de una cultura mafiosa que se expande por toda la sociedad. Una forma colectiva de obrar que se vale del terror propio de la criminalidad, y que se agrava o multiplica mucho más en los dramas sociales y económicos de los países subdesarrollados, y que por tanto impide el debido desarrollo educativo y cultural promedio requerido por las naciones para poder consolidar clases medias amplias, sólidas y sostenibles.

Este drama social, ignorado por los políticos y legisladores, se agudiza y multiplica cuando quienes tienen la obligación de dedicarse a la generación de políticas de estado eficientes, éticamente correctas y afines al bien común y al interés general, son indiferentes, conviven con un sistema individualista, mafioso, y cada vez resultan más entrampados en la jugarreta clientelista y politiquera que alcahuetea y no condena, social ni penalmente, la corrupción.

La dicotomía del presente ya no es la de izquierda o derecha, ni siquiera la de comunismo y capitalismo. El nombre del juego es la velocidad y la capacidad de entendimiento, adaptación y adopción de cambios tecnológicos en niveles culturales, dentro de un marco de ética y legalidad, que permita el progreso y no la destrucción. Es la capacidad de las naciones y los líderes de ambos hemisferios, este y oeste, de entender que ya no se trata de un tema de dominancia política y económica, sino de poder coexistir culturalmente en función de progreso y eficiencia.

Entonces surgen una serie de interrogantes mayores, que cada nación va a tener que comprender y adaptar en función del progreso y en la medida de sus capacidades.

¿Podrán nuestros líderes políticos ponerse al día con los avances del conocimiento, la ciencia, la genética y la convergencia tecnológica, producto de la acumulación de riqueza que hay en el mundo? ¿Podrán adoptar los referentes éticos que nos permitan cerrar esas brechas culturales en equidad económica? 

¿Podrán los políticos entender que en el adelanto tecnológico puede estar la clave para el justo balance entre las demandas de conservación ambiental y las necesidades sociales; lo que sabiamente el presidente Duque ha llamado “producir conservando y conservar produciendo”?

¿Podrán los Estados Unidos y sus aliados occidentales, en función del progreso de nuestra civilización, pasar del liderazgo mundial en materia política y económica, a aceptar la presencia y coexistencia con China como fuerza o poderío paralelo?

¿Podrá el liderazgo político chino moderno, considerando sus intereses en el mar del sur asiático y en las planicies del oeste de su hemisferio, manejar y contener el poderío de su desarrollo tecnológico bélico de la última década que cuenta con misiles Mac-5 y hasta Mac-20?

¿Podrán en el Oriente, China y Rusia, que son aliados temporales de conveniencia que no estratégicos, convivir pacíficamente, habida cuenta de su competencia por el gas, el petróleo y el oro de los territorios del occidente ruso?

¿Podrá mantenerse la estabilidad entre India y Pakistán sin que ello desate un desastre nuclear en esas naciones o provoque una reacción en cadena de grandes potencias?

¿Podrán la Unión Europea y las potencias del Asia  promover el desarrollo de los países árabes? ¿Podrán estos solventar sus diferencias filosóficas y religiosas en función del progreso?

¿Podrán los grandes poderes ayudar a que Arabia Saudita e Irán puedan convivir con sus diferencias?

¿Podremos conciliar en función del progreso de las generaciones futuras las brechas de formación en conocimiento de las juventudes que se evidencia hoy entre ambos hemisferios?

¿Podremos los países occidentales finalmente, dejar atrás la arcaica y perversa discusión entre izquierda y derecha, comunismo y capitalismo bruto, entender nuestro atraso cultural y hacer un trabajo organizado, filosófico y material, en contra los problemas conexos de ilegalidad que enfrentamos en materia de: desnutrición infantil, violencia intrafamiliar, drogadicción, crimen organizado, narcoterrorismo, corrupción política, y generación y distribución de riqueza y conocimiento?

¿Podremos lograr que nuestros países salgan de la nefasta influencia revolucionaria y violenta del fallido modelo cubano basado en la sumisión del pueblo a la miseria y encontrar en la multiplicación del conocimiento la ciencia y la tecnología la respuesta a la ceración de una clase media sólida y prospera?

La propuesta de la creación de una corte anticorrupción en la ONU, si no se politiza como ha pasado con muchas funciones de esa organización, puede ser un mecanismo multilateral que ayude a que los líderes puedan dar respuesta a algunas de las dudas aquí expresadas y a que los parámetros y referentes éticos que utiliza nuestra sociedad evolucionen en paralelo con la vertiginosa velocidad del cambio actual de manera que la humanidad pueda garantizarse que la utilización del conocimiento científico disponible esté al servicio de las fuerzas del bien y el progreso y no de las fuerzas del mal, normalmente relacionadas con el crimen organizado, el terrorismo y la corrupción.

Al final, todo depende de la comprensión del valor que tiene el nivel cultural de los lideres en la época de conocimiento y el progreso científico. El progreso de nuestra civilización depende de que comprendamos que es la cultura y no el ejercicio imperativo del poderío político y económico lo que puede solucionar los problemas de inequidad que tenemos en una geografía mundial cada día mas reducida pero habitada por una mayor diversidad cultural.

Roguemos porque nuestros líderes no aflojen en el acompañamiento a la lucha del pueblo venezolano contra la opresión de todos los grupos criminales que llevaron esa nación a la inopia y a la miseria humana que vive en la actualidad. Pidamos porque se encuentre pronto la salida a la libertad y se emprenda la recuperación social y económica del gran país que fue Venezuela y que con ella se encuentre la solución a la atrocidad insostenible de que en pleno siglo XXI, estén en nuestra región caribe 31 millones de venezolanos y 12 millones de cubanos, sometidos a la inhumana mano de las fuerzas del narcoterrorismo político que se esconden tras la mascara castrochavista del lisonjero proyecto NeBolivariano.