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Internacional | 8 Ene 2017 - 4:18 pm | Por: Vanguardia

Norilsk, la ciudad más infernal del mundo

Norilsk,
A las ocho de la mañana, a 46 grados bajo cero y con el viento empujando la ventisca, una madre abrigada con pieles lleva a su hija al colegio, vestida con un mono de esquiar rosa que reluce en la oscuridad de la noche polar. Estamos en Norilsk, la ciudad más poblada del Ártico ruso, orgullo minero de Rusia y uno de los lugares más duros del mundo.

Cerrada a los extranjeros por razones estratégicas, Norilsk es uno de los lugares más exóticos y misteriosos a los que puede viajar un foráneo. Los años de secretismo y los escasos permisos concedidos a la prensa extranjera han logrado que la mitología haya suplantado a la información, y que periodistas que nunca visitaron este lugar titulen sus artículos como “la peor ciudad del mundo para vivir”.

Fundada para la explotación minera, Norilsk nace en los años treinta del siglo pasado, y las primeras galerías de sus minas las excavaron en los años cuarenta prisioneros del gulag, víctimas de las purgas estalinistas del Gran Terror.

La ciudad fue creciendo para explotar las enormes reservas de níquel, cobre y platino, que esconde en sus entrañas la península de Taimir, y actualmente cuenta con más de 170.000 habitantes, que viven directa o indirectamente de la compañía Norilsk Nikel, empresa que de facto gestiona hasta el más pequeño detalle de la ciudad, desde las carreteras a los espectáculos pasando por los repuestos del material escolar. Esta es una ciudad empresa.

A Norilsk no llega carretera o tren, la única manera de traer aquí personas o materiales es por avión o por la ruta marina del norte. Por las aguas heladas del Ártico los rompehielos de la compañía traen la comida, los coches, el material industrial o cada simple ladrillo que vaya a colocarse en esta ciudad extrema.

“La mayoría de los alimentos vienen por la ruta del norte, pero alimentos como los tomates no aguantarían las dos semanas de trayecto, y he de traerlos en avión” cuenta Denis Popov, director de Nordtransit, otra filial de Norilsk Nikel encargada de la tarea titánica de alimentar a casi 250.000 almas, el total de los habitantes de Norilsk y sus poblaciones vecinas.

Esta es una ciudad contaminada. Se estima que la actividad minera e industrial vierte a la atmósfera 4.000 toneladas de dióxido de sulfuro. Para mejorar la situación ecológica la compañía echó el pasado verano el cierre a la más antigua de las plantas, alrededor de la cual fue creciendo la ciudad con los años y cuya obsoleta tecnología no cumplía ninguno de los cánones ecológicos que se exigen actualmente.

“El principal motivo del cierre fue la ecología, la planta estaba situada en medio de la ciudad y eso afectaba negativamente a nuestros ciudadanos”, cuenta Vladímir Kondrasov, director de planta de Norilsk Nikel. Por su parte Alexánder Sumarokov, ingeniero jefe de la instalación, asegura que desmontar los miles de metros cuadrados de la antigua planta llevará años.

El cierre de esta fábrica es vital para Norilsk, que lucha por quitarse de encima el farolillo rojo de la contaminación en Rusia. De hecho, las emisiones sobre la ciudad ya han caído un 75%, si atendemos a los controles constantes que patrullas especiales hacen diariamente por las calles de la ciudad.

De las entrañas de la madre Rusia los mineros arrancan cada día los minerales preciosos que hacen de esta ciudad un destino deseado para ingenieros, geólogos y mineros, atraídos por los salarios elevados y las condiciones laborales, a años luz de regiones mineras arruinadas de Rusia, como Vorkutá. En la mina de Skalístaya el salario de los 2.400 mineros, 200 de ellos mujeres, ronda los 1.200 euros y la jubilación llega a los 45 años.

Actualmente la mina encara una ampliación. “Cuando se termine, la profundidad será de dos kilómetros, la más profunda de Eurasia”, dice Iván Grinchuk, ingeniero jefe de producción.

“Mi padre llegó aquí con las juventudes comunistas –cuenta Artiom Linkov, un minero de Skalístaya–. Mi hijo está acabando en la escuela de ingeniería, él será la tercera generación de mineros en la familia”.

Y sin duda el hijo de Artiom tendrá trabajo. “Estimamos que tenemos unos 63 millones de toneladas de reservas, suficiente para cien años de explotación”, sentencia Iván Grinchuk.

El oscuro pasado de mano de obra esclava que fundó la ciudad ha sido durante décadas un tema tabú en esta ciudad. En el museo de historia de Norilsk apenas unas pocas fotos recuerdan aquellos años de terror soviético. Pero los tiempos parecen, por fin, haber cambiado, y ahora la propia compañía que rige los destinos de esta ciudad financia el recuerdo de las víctimas de aquella época turbulenta.

Elizaveta Obst, directora de la Sociedad en Defensa de las Víctimas de la Represión Política, es hija de prisioneros del gulag, y aún recuerda nítidamente “las filas de prisioneros de camino al trabajo, flanqueados por soldados y vigilados en todo momento por perros”. Elizaveta organiza charlas sobre el gulag en Norilsk y en todo el Gran Norte ruso. Ahora es Norilsk Nikel quien financia su pequeña oficina y sus actividades, y posa orgullosa bajo un retrato de Vladímir Putin.

“Lo que de verdad importa es conocer la verdad, y que se reconozca”, dice Elizaveta, para quien la visita en el 2010 del presidente ruso al memorial situado en las colinas de la ciudad supuso una alegría que aún hoy en día le emociona. “Tardaron muchos años, pero al final logramos mantener su recuerdo”, añade Obst.

A pocos metros de las oficinas de Elizaveta se encuentra el Teatro Dramático Polar, donde el pasado diciembre se estrenó una obra inusual, Espérame… Regresaré, que narra el infinito sufrimiento de Vladímir Zuev, dramaturgo condenado en el gulag de Norilsk, que tras interminables horas de trabajos forzados era obligado a dirigir un pequeño grupo de actores, prisioneros como él, para diversión de los mandos. “No tendremos futuro si no comprendemos nuestro pasado”, dice Anna Babanova, directora de esta pieza, en la que ha trabajado durante dos años. Babanova llegó desde Moscú para afrontar una obra polémica. “Mucha gente no conoce esta historia, sólo los especialistas. Por desgracia, la mayoría continúa igno­rándola”.

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