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Salud
  |   27.Noviembre.2019   |   Por:  
Alejandra Guerrero

Desde la base somos corruptos

Crédito: 
Javier Pérez / Ecos del Combeima
La columnista Alejandra Guerrero Fajardo explica el significado de la empatía como generador de normas sociales diseñadas para pagar favores a todo nivel.

“Por más egoísta quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos de su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla”

Empatía. En esta palabra se resume todo lo que nos falta como sociedad para construir país. En mi pregrado aprendí la Teoría de los Sentimientos Morales de Adam Smith, el plantea que toda relación e intercambio humano está basado en la empatía hacia el otro. Si, el padre del capitalismo creía que el hombre además de ser un ser racional también es un ser social y por ende sus acciones están dirigidas a ser aceptado por la sociedad. Esto es inmenso porque implica que está en nuestra naturaleza interesarnos en la suerte de otros. Creo que ante la coyuntura nacional esta teoría cobra relevancia.

Adam Smith plantea que la moral es un proceso de mercado, un proceso evolutivo que se desarrolla a través de intercambios y el valor de lo que se recibe y se da es el precio. Bajo este pensamiento el “precio social” es el intercambio de sentimientos, comportamientos y juicios de aprobación. En el primer caso un ejemplo es la benevolencia por gratitud, le hago un favor a alguien y este me agradece, esto me hace sentir bien. En el segundo caso es de comportamiento, un ejemplo claro es yo no te mato, tu no me matas. Que conlleva al juicio de aprobación si yo no robo y alguien me roba voy a querer una vindicación por ello. La justicia se basa en este tipo de intercambio de mercado y depende directamente de las relaciones culturales para definir que consideramos una buena manera de comportarse. Tengamos en cuenta que la declaración de los derechos humanos se firmó en 1948, después de siglos de relaciones sociales que dieron resultados unos puntos en los que la sociedad debe aprobar como buen comportamiento.

Todos estos tipos de intercambios sociales se basan en la empatía, la capacidad de cualquier individuo de ponerse en el lugar del otro. La capacidad de sentir y entender las penas del otro y/o las alegrías del otro. En este tipo de intercambio, como en la economía de mercado el individuo es el centro. Somos seres egoístas por naturaleza y queremos lo mejor para nosotros mismos. Es por esto que la empatía es más fuerte entre más cercana sea a nuestro núcleo familiar. En el largo plazo esta empatía genera conductas que son socialmente aceptadas por el “mercado social”. Estas conductas se vuelven valores y al hacerlas generales con personas que uno apenas conoce se convierten en normas sociales basadas en una cultura especifica de comportamiento.

Usted lector se estará preguntando a que va todo esto. Se lo respondo: nuestra empatía está fallando. Somos una sociedad que desde que fue conquistada se nos establecieron unos comportamientos que generan desigualdad e inequidad. ¿O usted opina que la corona española escogía a los gobernantes basados en la meritocracia? No, los escogían por tener buena cuna, en agradecimiento por haber donado oro a la corona, como favor a un conocido… etc.  Quinientos años después de la conquista la situación es la misma. Fíjense nada más como se escogen secretarios, directores, fiscales… etc. en todo el país. Personas con cargos que deben generar estrategias de igualdad, equidad, productividad son escogidas a dedo, sin tener el más mínimo conocimiento o no ser la más idónea para el cargo. Eso no importa, aquí hay que dar cargos para agradecer el ayudarles a haber sido elegidos. Somos una sociedad cuya norma social va en contra de los cimientos de la meritocracia.

Lo que es aún peor nuestra norma social prohíbe criticar, a nosotros nos enseñan a obedecer, cuidado a desafiar el Status Quo. Sugerir que las cosas pueden ser más eficientes, es una barbarie. Exigirle a un político es inaudito. Recordarles que son funcionarios públicos y por ende nos responden a todos los ciudadanos es una grosería. Por no mencionar la “doctoritis”, les recuerdo que para llamar a alguien Doctor este tiene que tener un PhD, un funcionario público no se convierte en Doctor por tener ese cargo. La norma social nos ha impuesto a rendir pleitesía a todo aquel que este en un cargo público, haya o no sido elegido por elección popular. Normas sociales establecidas desde la conquista. 

Además, si todavía hay más, tenemos en nuestras raíces pensar en blanco y negro. En esta sociedad no hay intermedios, nunca los ha habido. Lo que es aún más preocupante no hay respeto o tolerancia por aquel que no coincida con lo que pensamos. Llevamos desde la independencia matándonos por ideologías. Breve recordatorio de historia, peleando por ser centralistas o federalistas se disolvió la Nueva Granada. Después nos matamos por ser liberales o conservadores. Ahora, en la cúspide de lo absurdo nos estamos matando por ser en pro de la paz o en contra de la paz. Tal vez es hora de que implementemos la tolerancia como norma social y la empatía para entender que, si un individuo piensa diferente, no es el enemigo. Las sociedades más prosperas también son las más tolerantes.

Desde nuestra independencia hemos estado en una guerra interminable, que ha dejado una sociedad acostumbrada a la violencia. Con una desconfianza absoluta hacia todas las instituciones. En la que la corrupción se ha comido la posibilidad de una sociedad culta y con mayor equidad. En la que el respeto hacia el otro solo existe si no difiere de la manera de pensar que uno considera correcta. Somos incapaces de ponernos en el lugar de otro ciudadano y somos incapaces de generar valores que cambien este comportamiento.

Estamos ante un paro nacional que está minando nuestra economía y aún más preocupante está fragmentando a nuestra sociedad. Cómo va a crecer un país en el cual el debate es inexistente, en el cual exigirles a los funcionarios públicos es castigado, en el que la empatía por otro conciudadano no existe.

La indiferencia es tal que ni siquiera nos duele la muerte de otro conciudadano. Somos capaces de indagar su pasado y si tiene una mancha a lo que consideramos una persona de bien su muerte es menos dolorosa. Una sociedad en la que los miembros de la fuerza pública no tienen doliente, llevamos tantos años en guerra que ya el titular de un policía muerto o un militar muerto nos parecen normales. Colombianos que están muriendo innecesariamente y en el que ambos piensan que están creando un país mejor. Los invito a todos a crear normas sociales en las que nos duela la muerte de todo colombiano, en las que nos escuchemos entre nosotros y creemos dialogo y en las que por fin aceptemos que lo que estamos viviendo es el resultado de nuestras decisiones como sociedad.  Afortunadamente estas decisiones pueden ser cambiadas.